Entrevista 27 rramientas muy precisas, pero también diferentes a lo habitual, y pueden generar resistencia. Otra dificultad importante es la falta de estándares homogéneos. No existe una certificación global que defina qué es la agricultura regenerativa, y las prácticas varían según el cultivo, lo que añade complejidad y tiene un impacto directo en quienes gestionan las explotaciones. Por eso, avanzar hacia una mayor homogeneización y reforzar el acompañamiento técnico es clave. Cuando aportamos apoyo especializado, como el de un ingeniero agrónomo, la transición se acelera porque hay una base científica que guía todo el proceso. Para que este cambio sea real, ¿qué papel deben asumir las grandes empresas en el desarrollo de los territorios rurales? Debemos trabajar para eliminar estas barreras: ofrecer formación, acompañamiento técnico, contratos a largo plazo que den estabilidad, financiación… También facilitar herramientas de medición y fomentar el intercambio de experiencias entre agricultores, que compartan casos de éxito. Y, sobre todo, impulsar un cambio sistémico. Si solo lo hace una empresa, no hay masa crítica. Cuando todos colaboramos, todos ganamos. Más allá de la transformación de la agricultura, la sostenibilidad ha cambiado también dentro de las compañías, pasando de una lógica reputacional a integrarse en el negocio. ¿Dónde se hace más visible ese cambio en vuestro caso? Esa evolución se ha notado especialmente en la toma de decisiones clave del negocio. Hoy, cuando analizamos una inversión, ya no se tiene en cuenta solo la eficiencia o la capacidad productiva, sino también su impacto en sostenibilidad: el consumo de agua, de energía o las emisiones asociadas. Son parámetros que forman parte del proceso de decisión, y esto hace unos años no ocurría. Lo mismo sucede en el desarrollo de productos. Antes la sostenibilidad podía estar más vinculada a aspectos reputacionales, pero ahora forma parte del propio diseño: desde el origen de las materias primas, si proceden de agricultura regenerativa, hasta el tipo de envase, que se plantea desde criterios de reciclabilidad o reducción de impacto. Al final, es una visión que recorre toda la cadena de valor. Desde cómo cultivamos las materias primas con los agricultores con los que trabajamos, hasta cómo producimos, envasamos y distribuimos nuestros productos. La sostenibilidad ya no es un elemento adicional, sino un criterio que forma parte de la estrategia y del desarrollo del negocio en su conjunto. ¿Cómo se traduce esa visión en decisiones concretas a lo largo de la cadena de valor? La clave está en convertir la estrategia en acciones concretas. No basta con definir objetivos o compromisos, hay que aterrizarlos en decisiones operativas que permitan avanzar de forma real. Gracias a este enfoque hemos conseguido reducir un 24,5% nuestras emisiones en términos absolutos respecto a 2018, superando el objetivo del 20% previsto para 2025. A nivel operativo, esto se traduce en decisiones muy concretas. Por ejemplo, desde 2022 el 100% de la electricidad en nuestros centros en España es de origen renovable y ya contamos con dos calderas de biomasa. En la gestión del agua aplicamos el mismo enfoque: tenemos tres fábricas certificadas AWS y sistemas como torres de refrigeración que permiten recircular el agua y reducir significativamente el consumo. En el ámbito del diseño de envases, trabajamos bajo criterios de ecodiseño orientados a eliminar materiales no reciclables, reducir, reutilizar, facilitar el reciclaje y aumentar el uso de material reciclado, siempre en colaboración con proveedores y a través de iniciativas sectoriales. Y en la dimensión social, el foco está en mejorar el perfil nutricional de los productos, promover hábitos saludables y facilitar el acceso a dietas equilibradas, combinando el cuidado del planeta con el de las personas. En definitiva, la sostenibilidad no se gestiona como un ámbito aislado, sino como un criterio transversal que recorre toda la cadena de valor y forma parte del desarrollo del negocio. Con esa base ya integrada en el negocio, ¿dónde estáis poniendo ahora el foco en innovación? Estamos centrando la innovación en varios ámbitos clave: la agricultura regenerativa, la trazabilidad, los procesos industriales de bajas emisiones y el desarrollo de nuevos productos con tecnologías nutricionales diferentes. En agricultura regenerativa, tenemos el compromiso de que en 2030 el 50% de nuestras materias primas clave, como el café, el cacao o los cereales, provengan de este tipo de prácticas. Y en algunos casos ya estamos incluso por encima. Ese es el camino que entendemos que hay que seguir: empezar por las materias primas y asegurar que, a lo largo de todo su proceso de transformación, lo hacemos de la forma más eficiente posible. Y cuando hablamos de eficiencia, no nos referimos solo al ámbito ambiental, sino también al económico y al social, teniendo en cuenta el impacto en las comunidades en las que operamos. Si el queremos avanzar a escala, ¿qué claves serán determinantes en los próximos años? Si tuviera que resumirlo en tres, la primera sería el impulso de la agricultura regenerativa, por su capacidad para mejorar la salud del suelo, la biodiversidad y el uso eficiente del agua, y transformar el sistema desde su origen. La colaboración a lo largo de la cadena de valor. Muchas de las soluciones que estamos desarrollando se construyen con proveedores y otros actores. Es clave que este enfoque se extienda para alcanzar la masa crítica necesaria y trabajar a escala. Y la tercera tiene que ver con el marco normativo, que debe evolucionar al ritmo del sector, ser flexible y facilitar el diálogo para reducir barreras regulatorias y económicas. En definitiva, avanzar exige hacerlo de forma conjunta. Solo desde la colaboración y el conocimiento compartido será posible impulsar el cambio a la escala que nuestro sector necesita ◆ El 50% de las materias primas clave serán regenerativas en 2030
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