79 Entrevista No es una respuesta fácil. Por un lado, necesitamos un modelo 100% limpio y renovable: eliminar el carbón, electrificar la movilidad, cerrar nucleares y combustibles fósiles. Pero también queremos conservar la biodiversidad, los paisajes y el mundo rural. Compatibilizar ambas cosas no es sencillo, y además queremos hacerlo ya. España ha avanzado muy rápido —ya estamos en un 60 % de renovables incluyendo hidráulica, eólica y solar— pero sin tener en cuenta la biodiversidad ni a las comunidades locales. Esto ha generado tensiones enormes. Hay que avanzar, sí, pero con sensatez y priorizando zonas de bajo impacto ecológico. ¿Qué alternativas propone WWF para un modelo más justo y distribuido? No puede ser que las mismas empresas que nos llevaron al problema ahora impongan los tiempos y monopolicen las renovables. Defendemos comunidades energéticas, modelos más democráticos, implantados en terrenos degradados y con aprovechamiento de tejados solares. Y hay una gran discusión que nadie plantea: ¿cuánta energía necesitamos? Si es para cubrir nuestras necesidades, es una cosa. Pero si queremos ser la “batería de Europa”, necesitaremos mucho más territorio. Además, el auge de las tecnológicas está generando un impacto enorme: centros de datos que consumen muchísima energía y agua. Según su informe Planeta Vivo, España es el país europeo que más rápidamente destruye su biodiversidad. ¿Tenemos motivos para el optimismo? A nivel mundial, la pérdida de biodiversidad es enorme. Llevamos 50 años haciendo este informe, seguimos a miles de especies y tenemos ahí un termómetro muy claro. La situación es crítica. “La naturaleza no es un decorado: es la base de nuestra salud y nuestra economía” En esta segunda parte de la entrevista, Juan Carlos del Olmo profundiza en los retos estructurales que enfrenta España en materia de restauración ecológica, fiscalidad verde y resiliencia social. Con una mirada crítica pero constructiva, defiende que cuidar la biodiversidad no es solo conservar, sino dejar de destruir. Y que el verdadero cambio vendrá cuando la naturaleza tenga el mismo peso político que el clima, y la fiscalidad ambiental se convierta en una herramienta de transformación real. Ha pedido inversiones masivas para restaurar ecosistemas como Doñana. ¿Qué papel deberían jugar los fondos europeos en esa recuperación? Han sido vitales. El gran cambio llegó cuando España se unió a la Unión Europea y empezó a aplicar su legislación ambiental. Pero los fondos destinados a conservar siguen siendo ínfimos comparados con los que se dedican a destruir: infraestructuras, agricultura intensiva, acuíferos sobreexplotados… Lo importante no es solo invertir en conservar, sino dejar de destruir. ¿Cómo puede la fiscalidad verde convertirse en una herramienta de transformación real? Es potentísima. En España tenemos una asignatura pendiente: estamos a la cola mundial en fiscalidad ambiental. Hay que dejar de incentivar prácticas que van en contra de la biodiversidad y empezar a premiar las que la protegen. Es uno de los grandes gaps que debemos cerrar. Ha afirmado que “el mayor logro son los anticuerpos que ha generado el planeta: personas, empresas, ayuntamientos que actúan”. ¿Cómo se puede fortalecer esa red? Esa es la buena noticia. Hoy somos un actor más, con un papel muy claro: ser correa transmisora entre la sociedad, la ciencia y la política. Y lo hacemos con casos de éxito y con el gran cambio que ya vemos en las empresas, que trabajan los temas ambientales como un must —por cultura corporativa, por legislación, por presión de accionistas, consumidores e inversores. Las alianzas son clave. La comunidad de “Uno por Uno” es un ejemplo. No es fácil, porque implica mucho trabajo y tiempo. A veces tienes que bajar tu perfil para que otros lo suban. Pero el impacto se multiplica. La Ley de Restauración de la Naturaleza europea ha sido uno de los avances más importantes. ¿Cómo valora su aprobación? Fue una victoria ajustada, pero histórica. Salió adelante gracias al voto verde de una diputada alemana, cuando Alemania no quería apoyarla. Es una muestra de que, incluso en contextos difíciles, se puede avanzar si hay convicción política y presión ciudadana. Juan Carlos del Olmo no rehúye la complejidad. Habla de lobos, de leyes europeas, de megaincendios y de centros de datos, pero siempre con una brújula ética clara: la naturaleza no es un lujo, es infraestructura vital. Su mirada conecta ciencia, política y territorio, y su discurso interpela tanto a gobiernos como a empresas y ciudadanía. En tiempos de polarización, su propuesta es radical en lo esencial: construir alianzas, regenerar ecosistemas y educar para la resiliencia. Porque el futuro —como bien dice— no se puede improvisar ◆ No podemos ser la batería de Europa sin preguntarnos cuánta energía necesitamos
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