El descenso dibuja una brecha generacional. Los jóvenes, que en 2019 figuraban entre los perfiles más preocupados por el cambio climático, son ahora los que muestran una caída más acusada: los hombres de 16 a 24 años pasan del 68% al 27%, y las mujeres, del 74% al 35%. Entre los mayores de 65 años, en cambio, la preocupación resiste mucho más.
“No es que el cambio climático haya dejado de importar; es que la preocupación se está desgastando. La alarma climática puede despertar conciencia, pero cuando se repite sin mostrar salidas claras, comprensibles y alcanzables, corre el riesgo de convertirse en cansancio, distancia o impotencia. En un contexto de crisis acumuladas, incertidumbre económica y sobreexposición informativa, el reto no es solo recordar la gravedad del problema, sino mostrar que actuar todavía tiene sentido”, señala Xavier Moraño, director de la investigación.
Más allá del descenso, el estudio apunta a otra clave: no solo importa cuánta gente se preocupa, sino qué ocurre con esa preocupación. Según el estudio, en torno al 12% de la población transforma la ansiedad climática en acción: siente que sus decisiones cuentan y muestra hábitos mucho más sostenibles.
Frente a este grupo, alrededor del 20% queda instalado en el bloqueo. El problema importa, pero actuar se percibe como difícil, insuficiente o poco eficaz. La diferencia no está en ver o no ver el cambio climático como un problema, sino en sentir que se puede hacer algo frente a él.
El estudio identifica también un tercer espacio fuera de la ansiedad climática: personas para las que la sostenibilidad no desaparece, pero pierde centralidad. Algunas mantienen hábitos responsables de forma más moderada; en otros casos, la menor conexión emocional con el problema se traduce en distancia, baja implicación o desconexión.
La compra responsable ayuda a entender cómo puede reactivarse esa conexión. El 48% de la población afirma sentirse orgullosa cuando cree que ha realizado una compra que cuida el medioambiente y respeta a quienes producen. En cambio, solo el 22% declara sentirse culpable cuando compra algo contrario a sus valores.
El contraste apunta a una idea central: la sostenibilidad funciona mejor cuando conecta con el orgullo, la utilidad y la coherencia personal que cuando se apoya únicamente en la culpa o en la obligación. Para sostener hábitos responsables, no basta con saber que algo “debe hacerse”: también tiene que sentirse posible, valioso y con impacto.
Esa lógica se observa con claridad en los hábitos más incorporados. El 63% de los españoles dona, regala o vende lo que no usa, y el 58% separa habitualmente la basura para reciclar. Son prácticas que encajan bien con esa lógica: no requieren grandes renuncias, forman parte de la rutina y ofrecen una sensación clara de utilidad.
Además de la encuesta a población general, el estudio incorpora una consulta a 145 expertos en sostenibilidad, que refuerza una de las principales conclusiones del informe: el consumo sostenible avanzará si el contexto lo facilita. Para los próximos años, ven oportunidades en el cambio cultural generacional y en nuevos hábitos alimentarios, como reducir el desperdicio, incorporar más opciones vegetales o normalizar dietas más sostenibles.
Pero ese mismo contexto también puede jugar en contra. Más de la mitad de los expertos señala dos grandes amenazas para el consumo sostenible: las crisis económicas, que reducen el poder adquisitivo y hacen más determinante el precio, y las crisis globales y geopolíticas —pandemias, conflictos o crisis energéticas—, que pueden encarecer productos, reducir su disponibilidad y alterar las prioridades de compra. En ambos casos, el riesgo es que la sostenibilidad quede desplazada por necesidades más inmediatas.
Los datos dejan una paradoja clara: la sostenibilidad sigue presente en hábitos, valores y aspiraciones, pero se debilita cuando se percibe como difícil, cara, confusa o poco eficaz. En la semana del Día Mundial del Medio Ambiente, el informe apunta a una conclusión concreta: no basta con insistir en la urgencia climática si no se refuerzan también las condiciones que hacen posible actuar.
Para que la preocupación se convierta en hábito, las personas necesitan saber qué hacer, poder hacerlo y confiar en que ese esfuerzo tiene impacto.