Atterwasch es un tranquilo pueblo del este de Alemania en el que viven unas 250 personas. Esta pequeña localidad, situada muy cerca de la frontera con Polonia, no pasará a la historia por tener una centenaria y bella iglesia –que la tiene–, pero quizás sí que se la recordará por tener que hacer frente a un desalojo de todos sus habitantes con el fin de abrir espacio a la mina de carbón Janschwalde-Nord.
Desde que en 2007 el Gobierno anunció sus planes, los habitantes de Atterwasch temen que su pueblo, que tiene partes de hasta 700 años de antigüedad, sea demolido. El mismo miedo que comparten 3.000 ciudadanos alemanes de otras nueve aldeas que también están alertadas para abrir camino a cinco nuevas minas. El carbón que se extraería si el proyecto sigue adelante no es un carbón cualquiera sino lignito , la forma más contaminante de este combustible fósil, según publica la BBC.
Con dos carbones
Las minas son necesarias para alimentar una nueva generación de plantas carboeléctricas: en 2012 ya se inauguraron dos centrales termoeléctricas de lignito, y ahora hay dos más en preparación. Por si fuera poco, el año pasado se pusieron en marcha otras dos centrales de antracita –otra forma de carbón–, hay cinco más pendientes de abrirse entre este año y el próximo, y dos centrales más que están esperando sus licencias.
La producción de lignito en 2012 alcanzó su nivel más alto en casi 20 años, y junto el incremento del uso de antracita, estas dos fuentes de energía suman el 46% de la producción total de energía en Alemania. De este modo, en los dos últimos años las emisiones de CO2 se han vuelto a disparar entre el 5% y el 7%. Christian Hey, secretario general del Consejo Assessor Alemán para el Medio Ambiente, declaró a la BBC que “Alemania tiene un problema de carbón”.
Según Hey, este crudo panorama se debe al “fracaso del sistema de intercambio de emisiones” de la Unión Europea, que hace que el coste de emisiones de CO2 sea muy bajo. Para hacernos una idea, la tonelada de CO2 tiene un precio de unos 3 euros, lo que nos cuesta un paquete de salchichas de Frankfurt. Si no hubiera habido un exceso de suministro ni hubiera caído la demanda de energía por la crisis, el coste de emitir gases sería 10 veces más alto.
Estos factores han rebajado el precio del carbón, lo que comporta el descenso del combustible fósil en la orden de mérito (determina el orden de las fuentes de energía que se utilizan primero para satisfacer la demanda, empezando por la más barata y así sucesivamente): a día de hoy las renovables son las más baratas, seguidas por la energía nuclear. Luego viene el lignito, seguido por la antracita. Debido a que el gobierno federal ha resuelto eliminar gradualmente la energía nuclear para 2022, el lignito se moverá aún más abajo en la curva.
¿Se avecina un futuro más limpio?
A pesar de la actuación de la cancillería alemana, hay algunas evidencias que indican que el creciente uso del lignito puede no durar mucho: todas estas nuevas plantas carboeléctricas construidas recientemente fueron autorizadas hace una década, cuando los precios de la energía eran mucho más altos que ahora. Hay quien sostiene que unas inversiones tan altas como ésas simplemente no son viables en el clima económico de hoy.
Lars Waldman, del grupo de investigación Agora Energiewende, sostiene que el lignito no es necesario para llenar el hueco que dejará el abandono de las nucleares: “esperamos y pensamos que el gas llenará ese vacío”. Aún así, esta tendencia no se ha manifestado todavía a causa de los precios descendientes del carbón y el coste en aumento del gas.
A la larga las energías renovables y el gas pueden ser la forma más barata de cubrir la demanda, pero el bajo coste actual del lignito y el poderoso lobby a favor del carbón en la política alemana suponen un fuerte impulso para la explotación del combustible fósil. Que un país que es líder en energía limpias y abandera la cruzada contra la emisión de gases tenga en el horizonte una nueva generación de plantas de carbón parece, al menos, un poco contradictorio.