El gobierno de turno francés de la Unión Europea, con Nicolás Sarkozy al frente, ya impulsó el Plan Solar Mediterráneo, por el que se establecerían centrales solares en el Sáhara que distribuirían energía a Europa. España ha cogido el relevo en la idea, que no tiene un esquema definido, para darle forma e impulsar la creación de una red eléctrica basada en la energía solar sahariana que abastezca al norte de África, Europa y Oriente Próximo.
El Club de Roma ya vaticinó que en 2050 el 90% de la población mundial deberá abastecerse de energía solar, extraída de la explotación de un 3% del suelo desértico del planeta. Actualmente el consorcio alemán Desertec es quién más progresos ha hecho en este campo.
Precisamente, la entidad germana ha contado con los estudios de la Agencia Aeroespacial Alemana (DLR), cuyas conclusiones son que podría formarse en África y Oriente Medio una fuente de energía limpia y permanente durante este siglo, permitiendo la reducción del 70% de emisiones de CO2 del planeta y posibilitando el abandono de la energía nuclear.
La Unión Europea, por contra, debería desarrollar otras energías, y usar la fuente solar africana como complemento. El problema es que esta medida faraónica y casi definitiva del problema energético necesita medidas políticas, un marco legal favorable y al menos 20 años para poder desarrollar de forma real esta idea global de explotación energética.