72 se refiere a contribuir positivamente. La conversación es peligrosa porque te puedes ir a lo que está bien y lo positivamente. La conversación entre el asesor financiero y el cliente es cada vez más profunda, y hay que estar preparados. Ahí pueden entrar los valores, las creencias… ¿Qué recomendaría? Mi recomendación sería evitar, en la medida de lo posible, hablar sobre ética y moralidad y hablar sobre cómo tus preferencias en sostenibilidad pueden contribuir a perfilar mejor riesgos y rentabilidad. Hay que diferenciar claramente una donación a una ONG, que está fenomenal, del ejercicio de acudir a la entidad financiera a invertir e integrar la sostenibilidad para hacer mejores inversiones. Hoy por hoy, tenemos la suerte de que la sostenibilidad está en el centro y en algunos frentes, como el caso de la transición ecológica, la mitigación del cambio climático, etc. Contamos con business cases para trasladar ejemplos claros de cómo se alinean rentabilidad, riesgo y sostenibilidad. ¿Y qué sucede cuando hablamos del ámbito social? La S de la ASG ha generado mucho ruido y ha habido algunas voces que apuntan que defenderla el punto de vista de ciencia es más difícil. No contamos todavía con objetivos sociales a largo plazo asimilables al net zero climático, basado en ciencia, y que fijen una hoja de ruta de aquí a las próximas décadas. Pero ya empieza a haber mucho cuerpo científico que señala la rentabilidad de las inversiones con corte social. Es necesario que exista un business case económico vinculado al bienestar social, al trabajo decente, a la inclusión… Kofi Annan decía que “las empresas no pueden prosperar en sociedades que fracasan”.Yo creo que esta afirmación es verdadera si le añades “en el largo plazo”. A corto plazo, creo que a todos se nos pueden ocurrir ejemplos de industrias, como las relacionadas con defensa, como el sector armamentístico, donde se pueden obtener ganancias muy evidentes a corto plazo de ciertos fracasos sociales, pero que requieren de que las sociedades eventualmente prosperen. Una particularidad de las inversiones de corte social es que, salvo en algunas cuestiones concretas como la protección de riesgos laborales o la igualdad de género, donde el business case de rentabilidad es relativamnte inmediato (como la incorporación de la mujer al mercado laboral y su efecto positivo en el PIB mundial), existen otras dimensiones sociales donde los retornos tanto sociales como financieros suceden en el largo plazo. Un buen ejemplo de esto es la inversion en equidad educativa, en aumentar el acceso a oportunidades de formación a las capas de población en riesgo de exclusión. Es una inversión, desde el punto de vista del racional social y financiero, muy valiosa: evita múltiples riesgos, mejora hábitos, reduce índices futuros de criminalidad, previene dependencia de la acción social de los beneficiarios en el futuro… y en último término, contribuye a que los individuos que disfruten de esa acción educativa aporten vía impuestos en el futuro y formen parte de un tejido productivo bien engrasado, que aproveche el talento, etc. En definitiva, sacar a una persona de una situación de vulnerabilidad es tremendamente rentable. El reto que ya están abordando algunos inversores sostenibles es acortar el horizonte temporal de esos retornos, a veces, a 40 años vista. ¿Cómo y quién hace ese seguimiento? ¿Cómo se transforma ese impacto positivo futuro en rentabilidad en el presente? Desde la comunidad de las finanzas sostenibles, seguimos trabajando en este tipo de cuestiones n No tienes que renunciar a tu actividad inversora por alinearte con las cuestiones de sostenibilidad
RkJQdWJsaXNoZXIy ODY5Mw==