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Cambio Climático Responsabilidad Social Empresarial
Kepa Solaun,
socio-director y profesor de Economía de los Recursos Naturales de Factor CO2 y la Universidad de Navarra
Existe un sin número de pactos, acuerdos y plataformas empresariales de carácter voluntario a través de las cuales las empresas comunican sus actuaciones en materia de cambio climático. En realidad, hace ya muchos años que las compañías han comenzado a dar importancia a la responsabilidad social ambiental y utilizan los mecanismos a su alcance para ello (sistemas de gestión ambiental, memorias de responsabilidad social, etiquetas ecológicas, etc.).
La repercusión social del cambio climático ha implicado, sin embargo, un impulso totalmente nuevo en intensidad. Las iniciativas se desarrollan -y a veces desaparecen- tan rápido que es una ardua tarea, incluso para los especialistas en la materia, estar al tanto de todas ellas. En términos generales, podríamos diferenciar entre instrumentos de medición, plataformas de compromiso y herramientas de neutralización. Nos referiremos aquí en todo caso a instrumentos voluntarios a disposición de organizaciones empresariales, sin mencionar aquellos casos en los que la normativa les obliga a adoptar medidas o a reducir emisiones.
Respecto a los instrumentos de medición, sería demasiado engorroso profundizar aquí en el detalle de las metodologías y normas existentes. Pero es importante entender que hay dos grandes perspectivas desde las que analizar las emisiones de una empresa: el enfoque inventario y el enfoque huella de carbono.
El primero, recoge las emisiones que se producen en uno o varios centros productivos. Así, por ejemplo, sabemos que debido al consumo de combustibles y al uso de materias primas, las emisiones de una planta en par ticular son de un determinado número de toneladas de CO2 al año (a las que podemos añadir las emisiones asociadas a la generación de energía eléctrica, que se ha producido en otro lugar, pero que es necesaria para su funcionamiento).
La huella de carbono, sin embargo, implica un planteamiento más global, en el que se tienen en cuenta los flujos de emisiones aguas arriba y aguas abajo, necesarias para la producción de un bien o un servicio. Esto es, en el caso de la planta mencionada anteriormente, tendríamos que analizar dónde se han elaborado las materias primas utilizadas y cuántas emisiones se generaron durante su extracción, distribución, etc. Al mismo tiempo, deberemos estudiar si los consumidores de nuestros productos, por ejemplo, van a crear, asimismo, emisiones con su uso, situación que sucede en productos como los aparatos electrónicos.
La huella de carbono se puede calcular tanto para una organización en su conjunto como para un producto o servicio en particular. En teoría la suma de la huella de carbono de todos los productos y servicios debería aproximarse a la huella de carbono de la organización, pero por diferencias de enfoque y asignación de emisiones, no suele resultar exactamente así.
El enfoque de huella de carbono es una aplicación de lo que se conoce como “análisis de ciclo de vida de productos” a las emisiones de gases de efecto invernadero. Su repercusión en los últimos años ha ido en aumento, muy vinculada a la compensación de las emisiones de esos productos, de forma que el consumidor, como veremos, puede estar tranquilo porque está consumiendo un producto que, en el conjunto de su ciclo de vida, no ha generado emisiones.
La mayor dificultad es la incertidumbre asociada al cálculo de la huella, debido a que los requerimientos de información son enormemente exigentes y se tiende, con demasiada frecuencia, a aplicar “datos secundarios” o “meta-análisis”, es decir, extrapolación de datos de otros estudios. Sin embargo, ofrece una herramienta poderosa de información que evita confusiones comunes y “leyendas urbanas” sobre las implicaciones ambientales de ciertos tipos de productos.
En lo que respecta al segundo de los instrumentos mencionados, las plataformas de compromiso, existe un número muy amplio con un carácter geográfico muy variado. Desde las grandes plataformas, accesibles generalmente sólo a multinacionales o grandes organizaciones con recursos (como el Carbon Disclosure Project), pasando por iniciativas a nivel estatal (registros de reducciones voluntarias y acuerdos voluntarios), y sus homónimos a un nivel más local y regional.
Fácilmente en España pueden convivir más de veinte iniciativas de este tipo con sus correspondientes reglas y requisitos. La calidad y confiabilidad de las mismas estará condicionada al compromiso que exijan estas organizaciones a sus miembros. En unos pocos casos, la tentación de caer en exigencias formales (redacción de informes, publicación de buenas prácticas), frente a compromisos materiales y efectivos, ha sido difícil de evitar. Sin embargo, es indudable que nadie obliga a las organizaciones que allí están a participar y que cualquiera de esas empresas debe dedicar tiempo y, muchas veces, dinero para cumplir con los requisitos fijados. Aunque se quedasen en una mera labor de evangelización y aportación de instrumentos sería, desde luego, un paso adelante.
Por último, al hablar de la neutralización de emisiones, nos referimos a las acciones que llevan a cabo algunas empresas – también, aunque en menor medida, ciudadanos particulares – para neutralizar las emisiones procedentes de los productos o servicios que ofrecen en el mercado.
La neutralización de emisiones se basa en la premisa de que emitir gases de efecto invernadero en un punto u otro del planeta es indiferente. Cuando no es posible reducir más las emisiones asociadas a un producto o servicio, éstas pueden compensarse invirtiendo en iniciativas que reduzcan la misma cantidad de gases de efecto invernadero que las involucradas en la citada actividad o producto, por lo que en consecuencia, esa actividad será neutra.
El principal problema con la neutralidad de emisiones es que muchos productos afirman serlo, pero no lo son realmente. Para saber si un producto o servicio es, verdaderamente, neutro en emisiones conviene fijarse en si cuenta con la certificación de algún tipo de estándar internacional de reconocida solvencia.
En conclusión, existen muy diversas herramientas a disposición de las empresas para acercarse al cambio climático desde un enfoque voluntario. O, al contrario, podríamos decir que la actividad de las empresas ha generado muchas iniciativas en este ámbito. Deben priorizarse sin duda aquellas que permitan facilitar información contrastable y transparente al público, huyendo de mera declaraciones de intención o compromisos inverificables. Se trata, en todo caso, de herramientas con una historia muy reciente, siendo previsible que en los próximos años muchos de estos instrumentos se estandaricen y regulen de una manera más precisa.
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