OPINIÓN

El 'cómo hacer' frente al 'qué hacer'

Jesús Casas Grande,

Presidente de Grupo Tragsa

 Jesús Casas Grande

Afirman los científicos que el ser humano es la única especie que se mueve al son de cosas imaginarias. También proclaman los soñadores que vivir es solo divagar a la busca de la felicidad por caminos ajenos a los dictados de lo real. Y, entre unos otros, los pensadores sentencian que es precisamente eso, la capacidad para orquestar impulsos en pos de lo fabulado, la base de la conciencia social, el motor de todo progreso. La capacidad de imaginar sería nuestra única condición propia, pero sería también, precisamente, la que nos ha traído hasta aquí.

Y así es que crecemos acotados entre miles de artefactos “imaginarios” que resultan ser la zapata inercial de toda nuestra organización. La “burocracia”, la “administración”, el “dinero”, las “empresas”, la “religión”, el “mercado”, la “cultura”, el “amor”, los “derechos humanos”, o las “leyes”, … nunca nos los encontraremos por las calles, y sin embargo forman parte rutinaria de nuestra argamasa estructural. Nos apoyamos en cosas que no son.

“Lo esencial es invisible a los ojos” decía Antoine de Saint-Exupéry, y lo repetíamos en la adolescencia como un mantra, sin acabar nunca de entender lo que quería decir, … En realidad, es obvio, las cosas que nos mueven, las esenciales, no son materiales.

Digo esto para tratar de centrar la importancia de “los imaginarios”, y mostrar el más esencial de todos ellos. Me estoy refiriendo a “el cuidado del otro”. Esa pasión atávica para con lo humano, más allá de la trayectoria vivida, de la coincidencia casual, de la coyuntura ocasional, o de la obligación reproductiva. Lo que nos trajo hasta aquí fue la capacidad para sabernos solidariamente unidos por lazos invisibles con toda la Humanidad. El único principio que nos diferencia del resto del cosmos animado es el de negarnos a sabernos solos. “Nada humanos nos es ajeno” consignó Publio Terencio hace dos mil años, pero el principio ya latía desde mucho más atrás. Nos acompaña desde la noche de los tiempos.

A fin de cuentas, solo somos el corolario afinado de los miles de generaciones que nos antecedieron. Nuestro libre albedrio encuentra su contorno en el cincel con que el tiempo y los avatares nos han modelado. Por eso tiene tanta importancia no olvidar que todos nuestros actos se asientan en la conciencia colectiva. Sin ese germen, no estaríamos aquí. Y por eso es esencial que hasta en catafalcos tan aparentemente mecánicos y desapasionados como pueden ser las empresas no olvidemos la razón que nos mueve, que no puede ser la de sortear el gris de cada día escoltados entre cuentas de resultados.

Nuestra razón esencial es fortalecer la capacidad de entendernos como uno y de aspirar, como conjunto, a la mejora colectiva de todos. La historia de la Humanidad es una larga sucesión de intermitentes chispazos de luz en medio de una tétrica oscuridad general, y debemos entender que el único sentido atávico de nuestro limitado lapso temporal de vivencia es, simplemente, contribuir a asegurar que los chispazos puedan seguir saltando de vez en cuando. En esa ilusión debemos vivir. Esa ilusión nos hará felices. Confiemos el destino a esos futuros electricistas, tal como otros en su día lo confiaron en nosotros.

En ese mandato lo público, como el empoderamiento ciudadano a los poderes legalmente constituidos para dirigir y tutelar el errabundo recorrido colectivo hacia el futuro, tiene una particular responsabilidad. Y la tiene no solo para hacer las cosas materiales que demandamos, sino para hacerlas de una determinada manera.

Cada vez será más valorado el “cómo hacer” frente al “qué hacer”. En la construcción de la felicidad la forma empieza a ser indistinguible del fondo. La técnica, la mecánica y la organización avalan que en muchos casos lo difícil ya no es hacer las cosas. Ni siquiera lo difícil es hacerlas bien. Lo difícil, a la par de lo importante, es hacerlas ejemplarmente. No basta con saber hacer. No basta con ofrecer resultados. La historia está llena de brillantes ejecutivos que en su devenir cotidiano no hubieran superado la calificación de seres indignos. Pero el avance global cada vez depende menos de una persona concreta. Todos nuestros logros, de no haber sido nuestros, habrían acabado teniendo otros rostros, pero se hubieran logrado igual. Solo es nuestra la bondad o el daño que producimos.

Es mucho más determinante lo que nos trasciende que lo que nos ocupa. Por eso es tan importante en las empresas esa pequeña construcción emocional que hemos venido en llamar “responsabilidad social corporativa”. No somos lo que mostramos. Somos lo que se evidencia cuando nos relacionamos.

Quiera todo lo que antecede ser probablemente una confusa digresión sobre lo esencial y lo accesorio, sobre lo ocasional y lo inmanente. Y quiera serlo para ayudar a poner en valor todas esas solo aparentemente pequeñas cosas que hacemos al servicio de la condición humana desde las empresas. Cosas que, aunque el eco mediático de los tiempos modernos últimamente siempre las vistan de vistoso, en realidad ocupan aún muy poco tiempo en las sesudas discusiones de los comités de dirección. Quiera todo lo anterior ser un medido posicionamiento estratégico para que los que impulsamos las políticas de responsabilidad social abandonemos la tentación de convertirnos en una mera cara amable. Tenemos que asumir que somos la cara importante. La única que con el tiempo se recordará. Lo que hacemos lo pueden hacer otros, el cómo lo hacemos solo lo podemos hacer nosotros.

Y a partir de eso, con la humildad del que se sabe desconocedor de casi todo, y la paciencia del que apenas gobierna su tiempo, construyamos ejemplo, acto y discurso. Nosotros en Tragsa tenemos uno razonablemente bien blindado. Podríamos atrevernos a decir incluso, con aire de baladronada, que en los últimos años hemos mejorado, hemos ido más lejos, y hemos recibido más reconocimientos. Podríamos mostrar indicadores y sonrisas. Podríamos exhibir alianzas y compromisos. Podríamos afirmar que nos estamos anticipando y profundizando en aspectos estratégicos. Podríamos hablar de nuestra férrea vocación de superar la pandemia todos juntos, de nuestro compromiso con lo ambiental, de nuestra raíz con la tierra, y de nuestra cercanía emocional con lo rural y con lo simple. Y podríamos poner en valor nuestro compromiso de país, nuestro sentido de servicio público, nuestra transparencia, nuestro código ético, nuestra apuesta por la solidaridad. Incluso podríamos concluir señalando que todo está integrado en el Plan Estratégico del Grupo Tragsa. Sería compacto, probablemente incluso resultón. Pero me vais a permitir que para todo eso os remita a la página Web, porque hoy eso no toca.

Hoy lo que toca es simplemente decir que sólo mereceremos estar en esto en tanto intentemos ser ejemplares. Y que, si no ponemos en ello todo nuestro afán, nada de lo que hagamos tendrá sentido.

El día a día nos lastrará las alas. Nos toparemos con muros invisibles aparentemente infranqueables. Pero seamos valientes, no renunciemos a volar. Obstinémonos en poner la voluntad por delante de la pretendida capacidad. Miremos lejos. Ignoremos la voz de los que miran en corto. Sorteemos el alambique de las pequeñas rutinas que nos abotargan y de las extenuantes miserias de los que se obcecan en intimidarnos. Dejemos atrás y lejos a los adoradores de lo mediocre. Entendamos que, de nosotros, en el futuro solo sobrevivirán los sueños que anclemos para bien en el corazón de los que nos rodean. Recordemos en fin que lo esencial es siempre invisible.

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