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Neutralidad tecnológica: clave para una transición justa y eficiente
Ángel Galindo,
experto en Tecnología de CRECEMOS
Cuando hablamos de descarbonización, solemos pensar en el destino: la neutralidad climática. Pero rara vez nos detenemos en el trayecto. ¿Qué pasa si el camino que elegimos nos aleja de la meta? En ese trayecto, el principio de neutralidad tecnológica debería guiarnos con firmeza. Debería ser un pilar central, pero no lo está siendo. Y esto tiene consecuencias.
La neutralidad tecnológica, en teoría, es la garantía de que todas las soluciones que contribuyan a reducir emisiones puedan competir en igualdad de condiciones. No implica que todas sean iguales, ni que debamos apostar por todas a la vez. Se trata, simplemente, de no cerrarse puertas. Porque lo cierto es que nadie sabe aún —con certeza científica, económica ni social— cuáles serán las tecnologías dominantes en 2040 o 2050. Lo que sí sabemos es que limitar el desarrollo de unas para favorecer otras puede llevarnos a perder tiempo, inversión y, sobre todo, oportunidades.
Esto no es una opinión aislada. Lo advierte, por ejemplo, el informe Draghi sobre el futuro de la competitividad de Europa, que urge a modernizar la regulación para alinearla con los retos industriales y climáticos actuales. Una de sus ideas fuerza es clara: sin innovación tecnológica no hay competitividad y sin un entorno regulatorio que la fomente no hay innovación. Apostar por una sola vía tecnológica como solución universal, como si fuera un dogma, va en dirección contraria a esa idea. Nos debilita como país, como industria y como sociedad.
El caso español: una oportunidad desaprovechada
España tiene un enorme potencial para producir combustibles renovables a partir de residuos agrícolas, forestales e industriales. Tenemos industria, tecnología y capacidades de ingeniería para convertir esos residuos en energía. Y disponemos de una red de infraestructuras que hacen viable su despliegue.
Sin embargo, aunque estas soluciones de descarbonización están reconocidas en las legislaciones aplicables al sector del transporte marítimo y aéreo, tienen un despliegue limitado por una barrera normativa: la falta de reconocimiento oficial de los combustibles renovables como solución de “cero emisiones netas en tubo de escape” en nuevos vehículos ligeros y pesados en carretera. Esta omisión no es menor. Condiciona inversiones, frena desarrollos y distorsiona la competencia entre tecnologías.
Éste es solo un ejemplo —pero muy representativo— de cómo, en la práctica, la neutralidad tecnológica no se está aplicando. En lugar de permitir que las tecnologías compitan en igualdad de condiciones, se están sentenciando algunas antes de tiempo. Y esto implica retirar recursos y atención de soluciones que podrían ser —o que ya son— parte de la respuesta.
En términos estratégicos, es como dejar fuera al caballo ganador antes de que empiece la carrera.
De la neutralidad al mix tecnológico abierto y eficiente
Ha llegado el momento de repensar cómo hablamos del principio de neutralidad tecnológica. Un nuevo enfoque que deje de sonar a indefinición y empiece a sonar a acción coordinada, a visión de conjunto, a estrategia nacional.
A menudo se habla de neutralidad tecnológica como si fuera sinónimo de apertura tecnológica. Pero no son lo mismo. La primera implica no favorecer ninguna solución frente a otra desde lo regulatorio; la segunda, mantener abiertas varias opciones sin descartar ninguna de entrada. Ambas suenan bien, pero también tienen límites: la neutralidad puede derivar en inacción, y la apertura, en dispersión de recursos.
Lo que necesitamos ahora no es solo apertura ni neutralidad, sino algo más comprometido y estratégico: un mix tecnológico abierto y eficiente. Un nuevo enfoque que combine con criterio lo que ya funciona, lo que necesita impulso y lo que tiene potencial de crecimiento.
Porque no se trata solo de ser neutrales —como si bastara con no elegir—, sino de ser proactivos, de fomentar activamente aquellas tecnologías que contribuyen a los objetivos climáticos con eficiencia, rapidez e impacto económico local. En este enfoque caben muchas soluciones, desde la electrificación a los combustibles renovables, pasando por el hidrógeno, la eficiencia energética o la captura de carbono. Y caben en conjunto, no por separado.
Combustibles renovables: mucho más que una alternativa
Pensemos en los combustibles renovables. Su impacto va mucho más allá de reducir emisiones. Actúan como dinamizadores de una cadena de valor que incluye al sector primario, la industria química, la logística, la ingeniería, las infraestructuras y el I+D+i.
Los combustibles renovables aprovechan residuos y subproductos locales transformando un problema ambiental en una oportunidad industrial. Además, refuerzan la seguridad energética, al reducir la dependencia del exterior sin necesidad de desplegar nuevas infraestructuras, y generan empleo en zonas rurales, impulsando la reindustrialización desde una lógica circular.
Según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), los biocombustibles avanzados podrían cubrir hasta el 20% de la demanda mundial de energía para el transporte en 2050. Y la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) lo ha dicho con claridad: las políticas de descarbonización deben evitar enfoques excluyentes y permitir que cada país aproveche sus ventajas comparativas.
En el caso de España, la combinación de recursos, tejido industrial y talento ingenieril es una ventaja competitiva de primer orden. No aprovecharla sería un error estratégico.
Eficiencia: el criterio olvidado
En una transición energética marcada por recursos limitados y por la urgencia climática, no solo importa la meta: importa cómo se llega y a qué coste. La eficiencia debe ser un criterio central, no secundario.
Hay tecnologías que requieren inversiones multimillonarias en nuevas redes, vehículos o sistemas logísticos. Otras, como los combustibles renovables, pueden aprovechar infraestructuras existentes, flotas actuales y canales de distribución ya operativos. Esta diferencia no es menor: es una cuestión de tiempo, dinero y viabilidad.
La eficiencia no es solo técnica. Es también económica, social y territorial. E ignorarla en las políticas climáticas provocará una transición más lenta, más cara y más desigual.
El gran reto de la neutralidad climática no es solo alcanzar las emisiones netas cero. Es hacerlo de manera justa, eficiente, competitiva y rápida. Para lograrlo, no basta con apostar por ‘la tecnología del futuro’. Hay que combinar las del presente que ya funcionan, con las del futuro que estamos desarrollando.
Del principio a la estrategia: hacia un mix tecnológico abierto y eficiente
La neutralidad tecnológica ha sido durante años un principio razonable, pero se ha quedado corta en el momento decisivo. Necesitamos un concepto que no solo exprese apertura, sino también criterio, eficiencia y visión de conjunto.
En CRECEMOS proponemos una nueva manera de entenderlo: el mix tecnológico abierto y eficiente. Un enfoque que aprovecha todas las tecnologías que ya están demostrando resultados, permite desarrollar aquellas que aún están emergiendo, y evita cerrar puertas prematuramente. Un enfoque que reconoce el valor de lo inmediato (como los combustibles renovables), sin renunciar al futuro. Porque la transición energética no será de una sola vía. Será de muchas, coordinadas con responsabilidad y ambición.
Para que eso ocurra, necesitamos un marco regulatorio que incentive la diversidad de soluciones, en lugar de limitarla. Que no elija por anticipado, sino que habilite caminos. Que no imponga modelos únicos, sino que permita que cada territorio y cada sector desplieguen todo su potencial.
El reto no es solo tecnológico. Es político, económico y social. Y exige una respuesta a la altura: estratégica, plural y decidida.
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