OPINIÓN

Responsabilidad social ¿responsabilidad de quién?

Jordi Pons,

director de SETEM-Catalunya

Jordi Pons

La ciudadanía y las empresas somos responsables de nuestras acciones. Pero ¿qué impactos sociales, económicos y medioambientales pueden tener nuestras acciones individuales? Y ¿qué papel deben jugar o ya están jugando las empresas?

Todos sabemos que nuestra acción, individual o compartida, tiene eco en nuestros semejantes y en la dinámica que guía la colectividad humana de la que formamos par te. Sin embargo, cuesta que nuestra acción sea consecuente y debemos recordar que somos responsables de los impactos sociales, económicos, culturales y medioambientales de nuestras acciones.

Somos responsables a título individual, como consumidoras y consumidores: el acto de comprar un producto o un servicio tiene repercusiones en el modelo de economía, de territorio, de cultura, de país y de mundo, en nuestro entorno cercano y en el más lejano. Detrás de cada producto hay unas determinadas condiciones laborales de producción, un impacto medioambiental concreto, unas relaciones comerciales par ticulares... y las opciones que ofrecen el comercio justo, el ahorro ético, el turismo responsable y los alimentos de agricultura ecológica y de proximidad están impregnadas de un compromiso social y solidario.

Identificamos también responsabilidades a nivel empresarial si somos propietarios, directivos o pequeños accionistas. El sector privado tiene una destacada y obvia responsabilidad en las condiciones de vida y de trabajo de la mano de obra, tanto de la localizada cerca de su sede como de la situada a miles de kilómetros y en contextos geográficos muy diferentes. Es una exigencia ética que un producto que quiere ser bueno sea bueno para todos, para quien lo produce, para quien lo consume, para la colectividad y para el medioambiente.

Hay empresas que se presentan como socialmente responsables, con anuncios “verdes” o “humanitarios” y con departamentos de RSE y memorias carísimas de papel couché, pero que establecen agentes cerca de las fuentes del poder y de la legislación (estatal, europea o mundial) para impedir o frenar la aparición de normativas garantistas. Algunas grandes empresas presionan para que la Unión Europea obligue a los países empobrecidos a abrir sus mercados, a privatizar sus recursos naturales, o a aceptar créditos a cambio de privatizar sus exiguos servicios públicos en beneficio de estas mismas grandes empresas. El discurso de responsabilidad social de estas compañías está teñido de una gran hipocresía.

La empresa socialmente responsable es la que, de entrada, acepta que el sector público regule las condiciones de la actividad económica, que la justicia castigue las infracciones y, a par tir de ahí, va más allá en su autoexigencia.

Somos responsables hacia las generaciones futuras y hacia nuestros semejantes con quienes coincidimos en el tiempo, pero no en el espacio. Quizás nos falta un revulsivo ético que ensanche las fronteras de lo que consideramos que es responsable y de lo que no lo es.

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