OPINIÓN

La competitividad empresarial del futuro se construye desde la sostenibilidad

Germán Granda, ,

director general de Forética

Germán Granda,

Durante años, las empresas han aprendido a incorporar la sostenibilidad a sus agendas. Han definido compromisos, establecido objetivos, publicado estrategias y construido estructuras para gestionar los impactos ambientales, sociales y de buen gobierno. Ese proceso ha sido necesario y ha permitido avanzar. Pero hoy nos encontramos ante una nueva etapa.

La pregunta ya no es cuánto hemos avanzado en integrar la sostenibilidad en las agendas corporativas, sino cuánto está influyendo realmente en las decisiones que determinan la capacidad de una compañía para competir.

Porque la sostenibilidad ya no puede entenderse como un concepto paralelo a la actividad empresarial. En un contexto marcado por la incertidumbre geopolítica, la transformación tecnológica, la presión sobre los recursos naturales, los riesgos climáticos y la evolución de los mercados, se está convirtiendo en una cuestión directamente relacionada con la competitividad.

Cabe destacar que no hablamos únicamente de un tema ambiental, hablamos también de energía y autonomía estratégica; de acceso y coste de los recursos; de resiliencia de las cadenas de suministro; de capacidad de adaptación ante riesgos físicos; de innovación; de talento; de confianza; de financiación y de capacidad para anticiparse a los cambios. En definitiva, hablamos de negocio.

Esta evolución supone, a su vez, un cambio importante en la conversación sobre sostenibilidad. Durante mucho tiempo hemos tenido que explicar por qué era necesario actuar. Hoy empieza a ser más relevante explicar cómo actuar y dónde concentrar los esfuerzos para generar valor.

El contexto regulatorio también está cambiando. Europa está revisando y simplificando parte del marco de sostenibilidad en un proceso que busca reducir complejidad y mejorar la utilidad de la información. Sin embargo, esta evolución no debería llevarnos a interpretar que la sostenibilidad pierde importancia. Al contrario: libera a las empresas de parte del esfuerzo destinado a responder a la regulación para poner todavía más el foco en aquello que realmente importa para su futuro. En definitiva, menos cumplimiento entendido como fin en sí mismo y más estrategia; menos acumulación de compromisos y más capacidad de ejecución. Ese es, probablemente, uno de los grandes retos de esta nueva etapa.

Los compromisos siguen siendo importantes porque marcan una dirección, movilizan a las organizaciones y permiten elevar la ambición. Pero un compromiso que no se traduce en decisiones de inversión, innovación, operaciones, compras, gestión de riesgos o desarrollo de personas corre el riesgo de quedarse en una declaración de intenciones. El verdadero salto se produce cuando la sostenibilidad deja de estar confinada a un departamento y empieza a formar parte de las conversaciones donde se decide el futuro de la compañía.

La aptitud que necesitamos construir no puede ser únicamente la que responde a las exigencias del presente. Tiene que ser capaz de anticipar las condiciones en las que competiremos mañana. Por eso, hablar de sostenibilidad y competitividad como conceptos separados empieza a tener cada vez menos sentido. La sostenibilidad aporta capacidad de anticipación, resiliencia y adaptación. Y en un entorno de transformación acelerada, esas capacidades son activos competitivos. El reto ahora es convertir esta convicción en acción.

Necesitamos pasar de cuestionarnos qué compromisos tiene una organización a preguntarnos qué decisiones está tomando. De medir únicamente avances en indicadores ESG a entender cómo esos avances se relacionan con el desempeño y la creación de valor. De pensar en horizontes anuales a incorporar una mirada de largo plazo en las decisiones que tomamos hoy.

También es necesario desarrollar mejores conversaciones no solo entre empresas, administraciones, equipos, inversores, proveedores y clientes. Sin olvidarnos los sectores y territorios. Muchos de los retos que condicionan nuestra competitividad —desde la energía o el agua hasta la adaptación climática, la transformación tecnológica o las desigualdades sociales— no pueden resolverse de manera aislada.

En este contexto nace precisamente el sentido de ‘ESG Spain – Corporate Sustainability Forum’. No como un espacio más para hablar de transformación, sino como un punto de encuentro para entender cómo está cambiando la relación entre sostenibilidad y estrategia. Un espacio para conectar perspectivas —empresariales, financieras, institucionales y sociales— y, sobre todo, para poner el foco en las decisiones que pueden marcar la capacidad de las organizaciones para competir en el largo plazo.

Este año queremos poner el acento precisamente ahí: en pasar del compromiso a la decisión, ya que la sostenibilidad precisa de más ambición y de capacidad para traducir esa ambición en transformación empresarial. Y quizá esta sea la conversación más importante que tenemos por delante para conseguir cómo construir organizaciones capaces de competir en un mundo en transición sin comprometer las condiciones que harán posible seguir compitiendo mañana.

En Forética hablamos a menudo de la necesidad de construir valor a largo plazo. Hoy añadiría algo más: necesitamos tejer competitividad a largo plazo. Esto significa conectar decisiones que a veces hemos analizado por separado como es la estrategia con los riesgos, la sostenibilidad con las finanzas, la innovación con la resiliencia, el desempeño empresarial con el impacto social y ambiental. Significa entender que la competitividad futura no se construye únicamente con lo que una empresa produce o vende, sino también con su capacidad para anticiparse, adaptarse y generar confianza en un entorno cada vez más complejo.

Ese es el reto de esta nueva etapa de la sostenibilidad y también su gran oportunidad.