Del Olmo no solo denuncia la destrucción de ecosistemas emblemáticos como Doñana o la Amazonía, sino que propone soluciones concretas: restauración ecológica, fiscalidad verde, ordenación territorial, y un pacto de Estado que blinde las políticas climáticas frente a los vaivenes partidistas. En esta entrevista, exploramos con él los desafíos que enfrenta España y Europa en materia de biodiversidad, transición energética y resiliencia social, y cómo podemos convertir cada crisis en una oportunidad para reconectar con lo esencial.
Efectivamente, estamos viviendo un retroceso medioambiental a nivel internacional. Países como Estados Unidos, que hasta hace poco lideraban políticas ambientales ambiciosas y apoyaban activamente el desarrollo sostenible, han dado pasos atrás por un proceso de desmantelamiento institucional que va más allá del ámbito medioambiental.
A esto se suma un cuestionamiento directo a los organismos multilaterales como el nuestro. Llevamos años construyendo una arquitectura global para la protección del medio ambiente, y ahora se pone en duda nuestra utilidad. Los recortes presupuestarios tampoco ayudan: todo esto ralentiza los avances que tanto necesitamos.
En Europa —y no hay que olvidar que España depende profundamente de las políticas europeas— el Pacto Verde de la anterior Comisión fue un motor de transformación. Gracias a él se desarrollaron leyes, normativas y reglamentos clave. Pero ese impulso se ha frenado. La guerra de Ucrania, las movilizaciones rurales y otros factores han cambiado el foco: si antes la prioridad era el cambio climático, ahora lo es la seguridad energética.
El lobo se ha convertido en el chivo expiatorio de todo lo que ocurre en el mundo rural. Es un símbolo, y por eso también se ha politizado. Desde WWF trabajamos mucho en ganadería extensiva, así que entendemos ambas partes. Es importante saber que los ataques de lobo representan solo el 1 % de los problemas que enfrenta este tipo de ganadería.
Lo que pedimos es más inversión en medidas preventivas, indemnizaciones más rápidas y justas, y políticas que realmente apoyen a la ganadería extensiva. El lobo es un activo para la sociedad: mantiene el equilibrio ecológico, regula poblaciones como jabalíes o gamos, y actúa como un sanitario natural. El coste puede ser una oveja o una vaca -siempre entendiendo a los ganaderos que sufren sus pérdidas, por supuesto-, pero el beneficio para el ecosistema es enorme.
Muchísimo. Cuando los países dejan de priorizar lo ambiental, se reduce el presupuesto, se pierde impulso político y toda la sociedad —empresas incluidas— se relaja. La desregulación está rebajando logros clave, como el reglamento de deforestación importada, que era pionero. Europa no quiere ser cómplice de la destrucción de los bosques, pero ahora se está posponiendo lo que ya habíamos conseguido.
Lo que los científicos advertían hace años ya es una realidad. Necesitamos un pacto de Estado contra la emergencia climática, con políticas de largo recorrido que involucren a toda la sociedad: empresas, agricultores —que van a tener un 20% menos de agua en los próximos años— y ciudadanía. Esto afecta directamente a nuestra salud.
No, en absoluto. Hace falta una ordenación del territorio completamente distinta. No podemos seguir construyendo en zonas inundables o costeras. España nunca ha tenido una cultura de las emergencias, y debemos aprender a adaptarnos y a desarrollar esa cultura.
En cuanto a los incendios, hay una combinación de factores explosiva: abandono del sotobosque, exceso de terreno sin animales que lo limpien, pérdida de la cultura del fuego controlado… Todo esto se agrava con el éxodo rural. Socialmente, cuidar los bosques y la ganadería extensiva debería ser rentable.
Está planteado sobre diez ejes básicos, y no sobra ninguno. Pero creemos que faltan dos: el papel de la naturaleza —que se da por hecho, cuando nuestra salud depende de ella— y el papel de la salud, que debería tener un bloque propio. La contaminación, la crisis climática y la pérdida de biodiversidad son tres caras de la misma moneda.
Esa debería ser la filosofía del pacto: un acuerdo de mínimos que involucre a toda la sociedad —partidos, empresas, tercer sector— y que trascienda los vaivenes políticos.
No es una respuesta fácil. Por un lado, necesitamos un modelo 100% limpio y renovable: eliminar el carbón, electrificar la movilidad, cerrar nucleares y combustibles fósiles. Pero también queremos conservar la biodiversidad, los paisajes y el mundo rural. Compatibilizar ambas cosas no es sencillo, y además queremos hacerlo ya.
España ha avanzado muy rápido —ya estamos en un 60 % de renovables incluyendo hidráulica, eólica y solar— pero sin tener en cuenta la biodiversidad ni a las comunidades locales. Esto ha generado tensiones enormes. Hay que avanzar, sí, pero con sensatez y priorizando zonas de bajo impacto ecológico.
No puede ser que las mismas empresas que nos llevaron al problema ahora impongan los tiempos y monopolicen las renovables. Defendemos comunidades energéticas, modelos más democráticos, implantados en terrenos degradados y con aprovechamiento de tejados solares.
Y hay una gran discusión que nadie plantea: ¿cuánta energía necesitamos? Si es para cubrir nuestras necesidades, es una cosa. Pero si queremos ser la “batería de Europa”, necesitaremos mucho más territorio. Además, el auge de las tecnológicas está generando un impacto enorme: centros de datos que consumen muchísima energía y agua.
A nivel mundial, la pérdida de biodiversidad es enorme. Llevamos 50 años haciendo este informe, seguimos a miles de especies y tenemos ahí un termómetro muy claro. La situación es crítica.
En esta segunda parte de la entrevista, Juan Carlos del Olmo profundiza en los retos estructurales que enfrenta España en materia de restauración ecológica, fiscalidad verde y resiliencia social. Con una mirada crítica pero constructiva, defiende que cuidar la biodiversidad no es solo conservar, sino dejar de destruir. Y que el verdadero cambio vendrá cuando la naturaleza tenga el mismo peso político que el clima, y la fiscalidad ambiental se convierta en una herramienta de transformación real.
Han sido vitales. El gran cambio llegó cuando España se unió a la Unión Europea y empezó a aplicar su legislación ambiental. Pero los fondos destinados a conservar siguen siendo ínfimos comparados con los que se dedican a destruir: infraestructuras, agricultura intensiva, acuíferos sobreexplotados… Lo importante no es solo invertir en conservar, sino dejar de destruir.
Es potentísima. En España tenemos una asignatura pendiente: estamos a la cola mundial en fiscalidad ambiental. Hay que dejar de incentivar prácticas que van en contra de la biodiversidad y empezar a premiar las que la protegen. Es uno de los grandes gaps que debemos cerrar.
Esa es la buena noticia. Hoy somos un actor más, con un papel muy claro: ser correa transmisora entre la sociedad, la ciencia y la política. Y lo hacemos con casos de éxito y con el gran cambio que ya vemos en las empresas, que trabajan los temas ambientales como un must —por cultura corporativa, por legislación, por presión de accionistas, consumidores e inversores.
Las alianzas son clave. La comunidad de “Uno por Uno” es un ejemplo. No es fácil, porque implica mucho trabajo y tiempo. A veces tienes que bajar tu perfil para que otros lo suban. Pero el impacto se multiplica.
Fue una victoria ajustada, pero histórica. Salió adelante gracias al voto verde de una diputada alemana, cuando Alemania no quería apoyarla. Es una muestra de que, incluso en contextos difíciles, se puede avanzar si hay convicción política y presión ciudadana.
Juan Carlos del Olmo no rehúye la complejidad. Habla de lobos, de leyes europeas, de megaincendios y de centros de datos, pero siempre con una brújula ética clara: la naturaleza no es un lujo, es infraestructura vital. Su mirada conecta ciencia, política y territorio, y su discurso interpela tanto a gobiernos como a empresas y ciudadanía. En tiempos de polarización, su propuesta es radical en lo esencial: construir alianzas, regenerar ecosistemas y educar para la resiliencia. Porque el futuro —como bien dice— no se puede improvisar.