ENTREVISTA

El agua y la energía son dos vectores para luchar contra la pobreza


Mariano Cabellos Velasco,

presidente del Patronato de Fundación Energía sin Fronteras

Mariano Cabellos Velasco 18/01/2016

La Fundación Energía sin Fronteras nace en 2003 a iniciativa de un grupo de profesionales del sector energético que  consigue involucrar al mundo empresarial en la lucha contra la pobreza. De hecho empresas como Cepsa, Endesa, Gas Natural Fenosa o Iberdrola forman parte del patronato de esta Fundación que cuenta con el apoyo de 200 voluntarios. En la actualidad, más de 220.000 personas, en diez países, se benefician de los resultados de los más de veinticinco proyectos de suministro de agua potable y/o electricidad, que Energía sin Fronteras ha puesto en marcha desde 2004.

¿Cuál es la misión de Energía sin Fronteras?
En el año 2003 Energía sin Fronteras empezó abordando proyectos de electrificación, pero dos años más tarde, en 2005, los voluntarios que visitaban los poblados de los países en vías de desarrollo se dieron cuenta de que la energía estaba muy bien como vector de desarrollo, pero que el agua era un vector para la vida. Entonces decidimos cambiar los estatutos e incorporamos el agua dentro de nuestras prioridades. Desde entonces, la misión de Energía sin Fronteras es llevar agua y energía donde no la hay o la hay de una forma precaria puesto que para nosotros el agua y la energía son dos vectores para luchar contra la pobreza. Todas nuestras actuaciones se centran en Latinoamérica y en el África Subsahariana, que es la zona donde existe la pobreza extrema en grado más singular.

En los proyectos que llevan a cabo, ¿apuestan por las energías renovables?
Cuando hablamos de llevar servicios de energía modernos evidentemente significa que hay que producir energía   hay que disponer de ella y, ahí, desde el primer momento, hemos apostado por hacer esta tarea con energías renovables por varios motivos. En primer lugar porque tenemos la obligación de preservar el medio ambiente y, en segundo lugar, porque realizamos actividad en países en desarrollo y en zonas rurales aisladas donde no llegan las redes eléctricas y donde las comunicaciones son complejas. Por lo tanto, la única alternativa que tenemos realmente si queremos dotar a la población de servicios modernos de energía es hacer una generación distribuida, una generación que no necesite líneas eléctricas. Eso no nos da otra solución que la utilización de energías renovables.

¿Por qué tipo de tecnología de renovables apuestan?
Siempre decimos que la que sea autóctona. Es decir, a priori no nos pronunciamos porque la fotovoltaica sea mejor que la eólica o la eólica mejor que la hidráulica sino que en cada zona buscamos qué tecnología es la más apropiada. En Kumbo, en Camerún, nos pidieron electrificar una granja escuela y cuando nuestros voluntarios viajaron a la zona para analizar el proyecto vieron que por su ubicación geográfica podíamos utilizar distintas tecnologías. Entonces, les propusimos que la granja escuela fuera, además, una escuela de tecnologías renovables.

¿Cómo lo hicieron?
Hicimos una aducción de agua de un río cercano, instalamos molinos eólicos en un altiplano y en las casas de los profesores pusimos paneles solares fotovoltaicos. Con lo cual hemos conseguido mostrarles cómo el agua es generadora de energía eléctrica además de consumidora, y que el viento y el sol también pueden producir energía eléctrica. De este modo hemos convertido lo que inicialmente iba a ser electrificar una escuela en un proyecto donde hay una granja escuela con un efecto de demostración de las energías renovables.

¿Esto significa que renuncian a la utilización de energías fósiles?
Apostamos por las energías renovables, pero la vida de las personas está delante. Si en un momento determinado nos encontramos en un poblado donde no tenemos recurso hidráulico, no tenemos viento y la fotovoltaica se nos puede ir de precio y tenemos que hacer un bombeo con fuel lo hacemos porque lo primero es la vida de las personas. Un claro ejemplo es el proyecto de abastecimiento de agua que llevamos a cabo en la región de Taba, en Senegal. Junto con la ONG Geólogos del Mundo hicimos un pozo de 280 metros de profundidad del que bombeamos agua con un grupo diésel. Ahora el pozo abastece agua a 15.000 personas de distintos poblados y a su ganado, y además hemos conseguido que la gente que había emigrado de los poblados, haya vuelto. Es un buen ejemplo de cómo un pozo de agua o la energía eléctrica puede cambiar la vida de las personas.

Desde Energía sin Fronteras aseguran que están en contra de iluminar la pobreza…
Nuestro objetivo no es poner bombillas en una escuela. Somos una ONG de Desarrollo y lo que nos gusta es poner bombillas en una escuela para que los niños puedan estudiar y el día de mañana puedan salir de la pobreza.

En Nyumbani Village hay un colegio al que asisten 1.000 niños huérfanos, cuyos padres murieron de sida. Esta escuela tenía un problema de viabilidad, les resultaba muy caro utilizar fuel y estaban pensando en construir una ecoaldea. Por este motivo desde la ONG Amigos de Nyumbani nos proponen cambiar los grupos diésel que tenían. Nos pareció una buena idea y vamos a hacer tres proyectos.

¿Qué han hecho?
En el primer proyecto, que ya está acabado y funcionando, hemos substituido los grupos diésel por energía fotovoltaica, de modo que toda la energía que necesitan los colegios, el taller de carpintería y el taller de chapa  se está alimentando con energía fotovoltaica, aunque hemos dejado los grupos diésel de apoyo. Como damos más energía de la que consume el colegio y de la que consumen los talleres, hemos aprovechado la energía para bombear agua. Ahora esta ecoaldea está produciendo muebles y objetos de chapa y están siendo autosuficientes porque han empezado a vender estos productos. Es decir, están generando desarrollo. En estos momentos estamos trabajando en la segunda fase del proyecto que consiste en electrificar las viviendas de las 100 abuelas, no biológicas, que cuidan de estos niños huérfanos, así como las 40 casas ocupadas por personal docente, médico y otros servicios. Para mi el gran milagro que hemos conseguido con este proyecto es que hemos conseguido involucrar a siete empresas. A través del concepto, a veces etéreo, de Responsabilidad Social Empresarial hemos conseguido hacer un proyecto de 240.000 euros donde siete empresas españolas han sido capaces de cooperar en la cooperación.

¿Cómo consiguen involucrar a las empresas en los proyectos que llevan a cabo?
Nosotros siempre pedimos colaboración, pero no es fácil porque todas las ONG estamos llamando a la puerta de  las empresas. Cuando tenemos un proyecto de las características del de Nyumbani, mi misión fundamental es hablar con las empresas para que se involucren. Más que pedir dinero, les contamos el proyecto y las necesidades que tenemos a nivel de paneles solares, tornillería, baterías, estructuras… por este motivo buscamos qué tipo de empresas hacen este tipo de productos y nos dirigimos a ellas para pedirles material. En el caso de Nuymbani nos hicieron falta 30.000 euros que aportó Iberdrola, pero todo el resto fueron donaciones de material.

En estos proyectos, ¿participan voluntarios corporativos?
La primera forma de involucrar a una compañía es contándoles el proyecto para ver si encaja dentro de su modelo de Responsabilidad Social Corporativa y si quieren participar, pero a menudo son ellas quienes nos proponen la participación de sus profesionales a lo que nosotros no tenemos problema. Al fin y al cabo queremos cooperar con las empresas y de hecho en las compañías energéticas, que es el sector en el que nos movemos, el mundo del voluntariado corporativo está creciendo de una manera espectacular y se están tomando esto de una manera bastante seria.

Por otra parte, en Energía sin Fronteras somos 198 voluntarios, pero no siempre tenemos el conocimiento necesario para un determinado proyecto. Entonces también llamamos a las empresas que sabemos que pueden tener expertos en un tema concreto para pedirles que nos presten a una persona para que nos hagan un informe o un estudio.

Nyumbani, una aldea sostenible en Kenia

Nyumbani es una aldea sostenible y ecológica de Kenia que provee de hogar y educación no sólo a un millar de niños huérfanos por el sida sino también a un centenar de abuelos que se ocupan de su cuidado junto al profesorado y personal del complejo. La ecoaldea también acoge a otro centenar de alumnos de la escuela de  formación profesional.

En la ecoaldea se desarrollan actividades que atienden a salud de la población, educación básica en escuelas de primaria y secundaria, y formación profesional en dos Centros Politécnicos con talleres para trabajo de madera y metal.

También se realizan actividades productivas como cultivos de girasoles para la obtención de biomasa; hortalizas, para el suministro interno y para la venta; reforestación para producción maderera; ganadería de vacas, ovejas y cabras.

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