Elena Pita, directora general de la OFICINA ESPAÑOLA DE CAMBIO CLIMÁTICO (OECC) DEL MINISTERIO DE TRANSICIÓN ECOLÓGICA Y RETO DEMOGRÁFICO
Nos encontramos en un momento en que la transición ecológica está en marcha, y en el que se han realizado importantes avances en la descarbonización de la industria. De hecho, en 2023, el PIB ha aumentado 2,7%, mientras que las emisiones han caído un 7,6% respecto al año anterior. Es la prueba de que se trata de una agenda de oportunidades, en línea con una de las ideas clave del Pacto Industrial Limpio de la UE, que identifica la descarbonización como un motor de crecimiento para la economía europea.
Estos datos muestran también que las políticas y estrategias de Energía y Clima están consiguiendo impulsar este proceso. Por un lado, la actualización del Plan Integrado de Energía y Clima que remitimos a Bruselas hace unos meses nos ha servido para aumentar la ambición en materia de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero: hemos pasado de un objetivo de un 23% a un 32%. Por otro lado, en este momento, se está actualizando la Estrategia de Descarbonización a Largo Plazo, que marca la senda para alcanzar una descarbonización total de la economía a 2050, para alinear su ambición con la del resto del marco normativo y estratégico nacional y europeo.
España está avanzando significativamente en este ámbito, somos líderes en energías renovables. En 2024, las renovables supusieron el 57% del mix eléctrico. Cada año se incrementa la potencia instalada de generación renovable, el año pasado se añadieron 7,3GW, lo que supuso el mayor incremento registrado hasta la fecha. Está previsto que las energías renovables representen el 74% de la generación eléctrica en 2030.
Es otro ejemplo de cómo las políticas y medidas de energía y clima, junto con los avances tecnológicos y la implicación del sector privado, están sirviendo para acelerar la transición energética.
El cambio climático es un reto muy complejo, y tiene sus causas últimas en un modelo de producción y consumo insostenible, que no respeta los límites del planeta. Para abordarlo, hay que actuar en varios frentes a la vez. Por ejemplo, además de la electrificación, es fundamental promover la eficiencia energética y la economía circular. También, reforzar el papel de los bosques y de otros ecosistemas sanos, terrestres y marinos, en la lucha contra el cambio climático, aplicando medidas de conservación y de restauración.
Además, un cambio en los estilos de vida que priorice, por ejemplo, caminar, usar bicicleta o transporte público en lugar de automóviles particulares, o un consumo responsable, local y de temporada, también contribuye a reducir las emisiones y a promover unos valores en la sociedad que impulsen la transición energética.
En este momento, tecnologías como el SAF y el hidrógeno verde son menos competitivas que las tecnologías convencionales fósiles, sobre todo cuando estas últimas no han incorporado en sus costes las externalidades medioambientales. Requieren de apoyo público, desarrollo de economías de escala y avances en infraestructura. Por eso, es preciso instaurar políticas que promuevan las nuevas tecnologías, para que alcancen madurez y rentabilidad.
Ambas son cara y cruz de la misma moneda: debemos avanzar al mismo tiempo en descarbonización y en resiliencia. Reducir las emisiones para alcanzar la neutralidad climática es lo que denominamos mitigación, pero el cambio climático ya está aquí, por lo que estas acciones deben complementarse con medidas de adaptación orientadas a gestionar sus impactos.
No se trata de elegir entre una u otra, sino de abordarlas de forma conjunta. En España contamos con el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático 2021-2030, que busca reducir los daños y construir una economía y una sociedad más resilientes.
Nos encontramos en un escenario geopolítico complejo que obliga a Europa a replantear cómo proteger su economía, su industria y el bienestar de sus ciudadanos. En este contexto, la transición energética y la política climática no son un obstáculo para la competitividad, sino una condición imprescindible para garantizarla. Europa tiene un acceso limitado a los recursos fósiles y afronta una creciente presión competitiva global. La descarbonización permite reducir esa dependencia, reforzar la autonomía estratégica y avanzar hacia un modelo industrial más resiliente y competitivo.
Las señales en Europa son claras: los objetivos climáticos están definidos y el rumbo hacia una economía descarbonizada es irreversible. Más que un cambio de dirección, estamos en una fase de consolidación del marco europeo, que debe aportar mayor previsibilidad y facilitar decisiones de inversión a largo plazo. Mantener una dirección clara será clave para evitar incertidumbre y seguir orientando las inversiones.
Para las empresas españolas, esto se traduce en nuevas oportunidades, especialmente en sectores donde ya son competitivas. La movilización de inversión pública y privada en ámbitos como la electrificación o el hidrógeno renovable abre nuevas cadenas de valor. Las compañías que se anticipen y se posicionen en ellas serán las que obtengan mayores ventajas competitivas en los próximos años.
El sector privado tiene un papel clave como generador de soluciones frente al cambio climático. El principal reto es asumir ese rol de forma activa, integrando la sostenibilidad en la gestión y en la toma de decisiones.
Muchas empresas ya están avanzando en esta dirección, analizando sus impactos y riesgos climáticos, y aumentando sus inversiones en tecnologías y soluciones más sostenibles y resilientes.
A esto se suma el desafío de la transformación del empleo: la transición está generando nuevas oportunidades, pero también exige adaptar y desarrollar nuevas capacidades en ámbitos como las energías renovables, la economía circular o la conservación de la biodiversidad.
España parte de una posición especialmente favorable en la transición energética gracias a su liderazgo en renovables y a la descarbonización del sistema eléctrico. Contar con un sistema cada vez más renovable y competitivo en costes es un factor clave para atraer inversión industrial y reforzar la competitividad, especialmente en sectores intensivos en energía.
Los datos lo avalan: las energías renovables ya superan la mitad del mix eléctrico y continúan creciendo con fuerza, con el objetivo de alcanzar en torno al 80 % en 2030. Este contexto no solo aporta estabilidad y previsibilidad, sino que reduce la exposición a la volatilidad de los combustibles fósiles, con un impacto directo en los costes energéticos de las empresas.
Pero, sobre todo, este liderazgo abre una ventana de oportunidad para posicionarse en nuevas cadenas de valor industriales vinculadas a la transición energética: desde el hidrógeno renovable o los combustibles sintéticos hasta el almacenamiento, la digitalización de redes o la electrificación de procesos industriales. Sectores como la automoción, la química o la industria pesada ya están evolucionando en esta dirección.
Las empresas que anticipen este cambio, inviertan en eficiencia y se integren en estas nuevas cadenas de valor serán las que consoliden ventajas competitivas sostenibles en los próximos años, tanto en el mercado europeo como a nivel global.
Los aspectos sociales y ambientales. Las empresas deben incorporar criterios de sostenibilidad en toda su cadena de valor, adoptar prácticas de economía circular, invertir en innovación y formación, y fomentar buenas prácticas y la responsabilidad social corporativa. Estas acciones no solo contribuyen a la lucha contra el cambio climático, sino que también mejoran la competitividad y reputación de las empresas.
La transición energética va a impulsar especialmente a los sectores industriales que deben transformarse a través de la electrificación y la eficiencia energética. Entre ellos destacan ámbitos clave para la economía española y europea como la automoción, especialmente la movilidad eléctrica, el acero, el cemento, la química o la cerámica, que ya están avanzando en la descarbonización de sus procesos.
Al mismo tiempo, están surgiendo nuevas oportunidades en torno a las cadenas de valor de la transición energética, como la fabricación de componentes para energías renovables, baterías, almacenamiento, redes eléctricas o tecnologías vinculadas al hidrógeno.
En este contexto, el impulso al hidrógeno renovable está acelerando el desarrollo de nuevos proyectos industriales en España, mientras que las iniciativas europeas orientadas a reforzar la autonomía industrial están creando un entorno favorable para consolidar estas capacidades, generar empleo de calidad y reducir dependencias externas.
El primer paso para cualquier empresa es conocerse mejor. Analizar sus procesos productivos, sus consumos energéticos yº sus emisiones permite identificar oportunidades de mejora que, en muchos casos, tienen un impacto directo en la eficiencia y en la cuenta de resultados. Medidas como la eficiencia energética, el autoconsumo, la electrificación o la optimización de procesos no solo reducen emisiones, sino también costes.
Desde el Ministerio existen herramientas que facilitan este camino, como el Registro de Huella de Carbono, que permite a las empresas medir, reducir y comunicar su impacto, avanzando de forma estructurada en su transición.
Además, el contexto está evolucionando rápidamente y abre nuevas oportunidades. La electrificación de la movilidad, por ejemplo, sigue creciendo con fuerza, tanto en adopción como en infraestructuras, generando nuevos espacios de actividad para el tejido empresarial.
En este escenario, avanzar en sostenibilidad no es solo una cuestión ambiental, sino una decisión empresarial inteligente. Conocer mejor los consumos, reducir ineficiencias y apostar por la transición energética permite ganar competitividad, reducir riesgos y prepararse para un entorno cada vez más exigente.
Porque, en muchos casos, la transición climática no empieza con grandes inversiones, sino con decisiones de gestión que generan valor desde el primer moment.