Desde hace más de 30 años, la comunidad científica nos está advirtiendo de los efectos del cambio climático. Los hemos estado viendo en muchos rincones del planeta, pero ahora los vivimos de cerca y sabemos que toda la zona mediterránea es uno de los puntos más críticos en impacto. Las tres soluciones clave para afrontar el cambio climático pasan por la elaboración de planes de mitigación, de adaptación y de prevención. Son aspectos que ya están encima de la mesa, pero es necesario seguir insistiendo en ellos.
Todo pasa por planes de mitigación muy concretos centrados, ineludiblemente, en el abandono de los combustibles fósiles y de reducción de emisiones.
En segundo lugar, tenemos que trabajar en adaptación porque necesitamos que, a medio plazo, las ciudades sean más permeables. Por ejemplo, si los cursos de los ríos han sido canalizados, debemos generar sistemas basados en la naturaleza que simulen esos meandros, lagunas de inundación, vegetación de ribera… esa permeabilidad para ralentizar el agua en las cabeceras de los ríos y evitar que llegue a las poblaciones al nivel que llegó en Valencia con la DANA. Lo mismo sucede con los incendios, porque si la zona urbano-forestal no está preparada para incendios de sexta generación habrá muertes, pérdidas materiales, etc. necesitamos tener un debate serio sobre planificación territorial y planes de urbanismo adecuados al entorno.
Y, en tercer lugar, la prevención. Son imprescindibles unos sistemas de emergencias totalmente coordinados, que la gente los conozca y se los crea y un liderazgo que responda a esos sistemas de emergencia. En definitiva, medidas de autoprotección para que la ciudadanía esté preparada. Por ejemplo, Japón tiene guías y realiza muchos simulacros, saben que no deben sacar los coches de los garajes y que deben buscar un refugio climático.
Tenemos que revisar los planes de emergencia de acuerdo con el cambio climático presente y todas las medidas de autoprotección, de formación de la ciudadanía y de los equipos de emergencias. Ahora mismo esos sistemas no están preparados y hay que pensarlos y activarlos de otra forma.
Un punto importante es la fiscalidad y estamos asistiendo a la resistencia a imponer impuestos a los que más tienen y a quienes más contaminan. Estamos hablando de que el impuesto a las energéticas en 2023 y 2024 ha supuesto 1.164 millones de euros y ¿eso para qué nos sirve? Se pueden destinar a recuperar o rehabilitar 20.000 viviendas, contratar profesionales de protección civil, servicios sociales o de la salud, para todo el sector del campo que ha visto arrasado sus terrenos, atender a 50.000 familias en situación de vulnerabilidad… Esto es lo que necesitamos y ese dinero no se tiene ahora mismo.
Debemos diseñar una fiscalidad progresiva, verde y justa para que aporte más quién está provocando el problema, pero estamos viendo cómo las petroleras chantajean con no invertir en la sociedad donde crean sus negocios e impactan.
Creo que las COP son importantes. Cada vez que terminan nos quedamos con un sabor agridulce, pero es el único mecanismo de gobernanza global que existe en la actualidad, en el que, al menos, durante dos semanas se le da mucha repercusión comunicativa al cambio climático. No es deseable que estas conversaciones se lleven al G-20, porque en las COP hay representación de todo el mundo, la sociedad civil tiene presencia y, de momento, es el único mecanismo que tenemos.
Hay que poner rumbo hacia una COP30 en la que se integre biodiversidad y cambio climático, y en la que también alcemos la voz para reivindicar que estamos en la mitad de esa década decisiva. Se necesitan voces contundentes de líderes que realmente sean valientes. Por ejemplo, la intervención del presidente Pedro Sánchez en la COP29 estuvo muy bien a puerta cerrada, pero ¿por qué no la hace en público? Todavía existen muchos frenos, hay muchos intereses y lobbies detrás, y todo ello es muy complejo.
Uno de los grandes males de este sistema y de este mundo es nuestra desconexión con la naturaleza. Me sorprende mucho porque nos proporciona el aire que respiramos, los alimentos que comemos y es el hogar de millones de personas… La naturaleza es nuestro seguro de vida y está siendo, a la vez, víctima y solución, pero efectivamente está costando mucho.
En la COP16 de Biodiversidad se alcanzaron acuerdos importantes en protección, pero fracasó en términos de financiación porque la agroindustria y sus financiadores representan un gran lobby. La devastación de la Amazonía está ampliamente documentada, pero cuando tratas de sacar adelate un sistema de financiación alternativo en base a la protección nos cuesta mucho porque la destrucción puede llegar a ser negocio.
La ciudadanía, los científicos y las comunidades indígenas tienen muy claro que hay que proteger y restaurar la biodiversidad, pero los efectos, por ejemplo, del declive de las abejas son invisibles. A largo plazo, perdemos cultivos porque sin floraciones los insectos no pueden polinizar, pero es un efecto lejano y es difícil entender el impacto en la vida de cada uno.
Y, por último, el factor más importante es que las grandes potencias son petroleras o militares y no están conectadas con los recursos naturales. Los grandes ecosistemas, los servicios ecosistémicos que nos da la naturaleza, no son una cuestión de Estado. Para mí, este es el elemento clave que probablemente nos está impidiendo avanzar con una mayor velocidad en biodiversidad, lo cual es dramático.
Si quieren hacernos creer que luchar frente a la crisis ecosocial o la emergencia climática es un crimen, se han equivocado.
El activismo, la desobediencia civil y el derecho a la protesta pacífica son más importantes que nunca. Vamos a apelar al Supremo de Estados Unidos y hemos demandado a la petrolera en Europa, utilizando por primera vez la Directiva anti-SLAPP.
La historia no la van a escribir unos matones multimillonarios, sino la sociedad civil como un movimiento grande, diverso e inclusivo luchando porque las personas, el planeta y la democracia estén por encima de los beneficios económicos de unos pocos.
La acción directa no violenta forma parte de nuestra esencia. Greenpeace nació en 1971, cuando un grupo de activistas antinucleares lleva a cabo una protesta para frenar las pruebas nucleares que Estados Unidos estaba llevando a cabo en el archipiélago de Amchitka, en Alaska. Como acción directa, la expedición a Amchitka no salió como se esperaba. Sin embargo, como estrategia de campaña, resultó un éxito extraordinario. Un año después, Estados Unidos se vio forzado a anunciar que detendría las pruebas nucleares en la zona. Amchitka es desde entonces una reserva ornitológica.
Y así nació nuestra estrategia que denominamos "Mind Bombs", que permite en ocasiones tener un gran impacto en el imaginario de las personas y consigue mucha difusión de temas que, de otro modo, quedarían escondidos. No siempre se consigue, pero cuando lo hace, tiene un efecto exponencial para visibilizar algunos problemas.
Él es solo una persona, pero tiene detrás el lobby económico de las energías fósiles e intentará ralentizar al máximo la gran transformación ecológica que es imparable. La acción de los millones de personas que somos activistas ha resultado ganadora y ahora toca una etapa de resistencia.