Es una percepción dual: la causa de los derechos de la infancia, sigue siendo una causa por la que luchar, hace falta que se plasme en políticas, en prácticas, en presupuestos, pero hay una penetración social muy significativa, en base a la capilaridad, a las alianzas múltiples, a los más de 430.000 socios en España (casi el 1% de la población española), somos optimistas. Son datos muy estimulantes.
Por otro lado, estamos viviendo un momento extremadamente retador: durante los últimos años sólo he visto cómo las necesidades y las brechas, crecen. Avances que se habían logrado, pre covid, están en claro retroceso: por conflictos, por clima, por inflación, etc. Por tanto, hay una necesidad de una respuesta humanitaria global y de cooperación internacional muy significativa. Y justamente estamos viendo una demolición del sistema de cooperación internacional y de acción humanitaria tal y como la conocíamos hasta ahora, con una reducción de fondos, que no vimos en la crisis financiera de 2008. Ahora no hay un motivo económico tan agudo como entonces, sino que responde a prioridades políticas y a un esquema de valores y actitudes muy significativo y muy alejados del humanitarismo y de la solidaridad.
Como Mundo estamos yendo para atrás y muy rápido. Hace 20 años, en el ámbito empresarial, hablábamos sobre responsabilidad social, esa esquina de las empresas que tenían que ver con marketing, con comunicación, etc … desde donde se destinaba algo del presupuesto para temas sociales y reciclaje. Sin ser crítico, porqué de ahí hubo un vuelco de las compañías a contribuir con sus activos, sus assets, la innovación, con la tecnología, su capacidad logística, etc… y trabajamos con empresas que pusieron más que la financiación y traspasamos al modelo de negocio. Si hablamos de derechos de la infancia lo estamos haciendo también del impacto que las empresas tienen en su producto, su marketing, en su responsabilidad completa, sus políticas de empleo, … Y esa discusión sobre el impacto social que es muy profunda y con todas sus tensiones, avances y retrocesos es la que estamos teniendo. Partimos de una base de que juntos queremos hacer un mundo más humano, inclusivo, sostenible, de forma especial para la infancia. Y justamente esto es lo que, parece, que ahora se quiere romper. Y se presenta una marcha atrás muy significativa. Confiemos que solo sea un parón.
Sí, hay brechas económica mayores. El COVID fue un estimulador de la desigualdad entre países, en cuanto al acceso a recuperación económica, a la capacidad de los países de sostenerse, al safety net para las empresas, para las personas. Todo eso fue estratosféricamente diferente y fue un catalizador de desigualdad entre países, pero también dentro de los propios países.
En la Cumbre de Sevilla se habló de financiación, en un momento en el que 3.000 millones de personas viven hoy en países que ya destinan al pago de la deuda más que a salud o educación. Y ahí estamos hablando sobre infancia. Hay países que lo poco que invertían en educación ya no pueden hacerlo porque deben destinarlo al pago de la deuda.
Que la fiscalidad internacional no esté ayudando a la movilización de recurso doméstico, no facilita las cosas. La financiación en cooperación internacional nunca fue masiva pero había los que recibían entre un 5-7% del PIB. En positivo diré que el sector privado puede jugar un papel mayor. Un rol que no solo se refiera al Impact Invesment, sino algo más micro pero con volumen y que financia emprendimiento y negocio inclusivo, Si hablamos de gran financiación, ésta debe dirigirse a resolver retos climáticos y sociales. De todo esto dependen muchas vidas, de que abordemos estos retos de manera conjunta porqué si no lo hacemos así se van a erosionar muchos temas: el climático, el migratorio, el de salud global, etc.
La fiscalidad, condonación y reestructuración de la deuda son clave para revertir esta situación. Y contar con financiación privada es vital para que nuestro sector tenga alguna oportunidad.
Unicef fue quien puso sobre la mesa hace 15-18 años el concepto de pobreza infantil sobre la mesa. Cuando pensábamos que no había. Hoy es parte de la agenda pública. En España aún se protege poco y mal a la infancia y a sus familias. Hay un 12% de las familias que cada semana tienen que escoger entre calentar la casa o tener un plato en la mesa al día. Existe pobreza infantil sí, voluntad política no. Los tres factores que inciden en ello son la precariedad laboral de los padres, el coste de la vivienda – infravivienda, falta de condiciones adecuadas, gasto excesivo – y la baja protección social.
Giga es una iniciativa global de UNICEF y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) que busca conectar todas las escuelas del mundo a Internet, para que los niños y jóvenes tengan acceso a información, oportunidades y educación digital. El mundo ya es digital y actualmente aún sucede que 1 de cada 3 personas en el mundo no tiene acceso a Internet, y se estima que la mitad de las escuelas del mundo siguen desconectadas.
Desde su lanzamiento en 2019, Giga ha logrado: Mapear más de 2,1 millones de escuelas en 142 países. Conectar más de 14.500 escuelas, beneficiando a casi 8 millones de estudiantes. Establecer centros de innovación en Ginebra y Barcelona para reforzar la colaboración con gobiernos y empresas.
Giga no solo busca conectar escuelas, sino también cerrar la brecha digital y garantizar que todos los niños tengan acceso a una educación de calidad en la era digital.
Estamos trabajando con las grandes tecnológicas, una alianza en la que ponemos mucho en juego. Si lo hacemos bien, será un win win para todo.