En FSC creemos que hay que dejar de ver los bosques como algo romántico. Esa visión bucólica del bosque no es la que queremos ni la que necesitamos, porque significa mucho más: son activos esenciales.
Los bosques no solo tienen un valor ambiental, sino también económico y social. Proporcionan servicios ecosistémicos esenciales para la sociedad, como la regulación del agua, la protección del suelo, la conservación de la biodiversidad o la captura de carbono.
Además, desde el punto de vista social, están ligados a las comunidades donde se ubican las zonas forestales, al empleo y a la prosperidad de esos territorios.
España tiene una superficie forestal importante pero la productividad de nuestros bosques es mucho menor que la de otros países del centro y norte de Europa.
Esto se debe a las características del monte mediterráneo, pero también al hecho de que históricamente se ha invertido menos en su gestión.Como la productividad es menor, se invierte menos, y al invertirse menos esa situación se perpetúa.
Otro elemento importante es la estructura de la propiedad. En España la mayor parte del monte es de propiedad privada, lo que plantea ciertas dificultades cuando no hay beneficios fiscales que incentiven la inversión forestal, y los costes asociados a la gestión del monte muchas veces desincentivan a los propietarios.
La gobernanza de FSC se basa en conciliar intereses sociales, ambientales y económicos. No podemos romper ese equilibrio, porque esos tres elementos son esenciales.
Trabajamos con las empresas que quieren impulsar sus políticas de sostenibilidad y mejorar sus cadenas de suministro, pero también colaboramos con las administraciones públicas, tanto a nivel estatal como autonómico o local.
Al mismo tiempo, estamos presentes en el territorio, porque cuando hablamos de bosques hablamos de realidades muy concretas. Por eso también cooperamos con organizaciones sociales y entidades que priorizan la conservación de los ecosistemas naturales.
Durante demasiado tiempo ha predominado un enfoque muy tradicional de la conservación, según el cual la mejor forma de proteger los ecosistemas es no intervenir en ellos. Es decir, se asume que si queremos conservar la naturaleza lo mejor es no hacer nada.
Así que el mayor malentendido sería pensar que la gestión forestal conduce a la degradación o a la deforestación. Cuando, en realidad, ocurre justo lo contrario. La gestión forestal bien realizada acompaña y acelera los ciclos naturales del bosque.
De hecho, la ausencia de gestión activa puede acabar provocando la destrucción de las masas forestales.
En España lo vemos muy claramente con los incendios forestales, que en los últimos años han afectado a superficies de decenas de miles de hectáreas, en su mayoría territorios sin una gestión activa del monte.
Existe un cliché muy arraigado por el cual la selvicultura intensiva, como la producción de papel o las plantaciones forestales destinadas a producir pulpa o celulosa, se asocian automáticamente con la deforestación. Sin embargo, esto no es así. En realidad, ocurre lo contrario. Las plantaciones forman parte de una gestión activa del territorio.
La deforestación se produce cuando un bosque se degrada o se elimina para sustituirlo por otro uso del suelo, por ejemplo, para crear superficies agrícolas o ganaderas.
Esto es lo que está ocurriendo en muchos bosques tropicales del planeta, en los que no se gestiona de forma sostenible, sino que se transforma para usarlo en otra actividad económica.
En nuestro país existen algunas unidades de gestión forestal certificadas que son auténticos ejemplos de buenas prácticas. En ellas se aplican modelos de selvicultura intensiva, pero al mismo tiempo se incorporan medidas para proteger la biodiversidad, conservar las riberas o mejorar la calidad del agua
Existe una desconexión entre la sociedad urbana y los ecosistemas de los que dependen nuestros recursos. Sin embargo, todo lo que utilizamos procede, directa o indirectamente, de estos ecosistemas naturales.
Por eso la educación sigue siendo fundamental, es clave que las futuras generaciones comprendan el valor de los ecosistemas y de dónde proceden los productos que utilizan en su vida cotidiana.
Pero, además de educación, necesitamos mucha más comunicación. En ese sentido, el sector forestal ha sido tradicionalmente débil. Muchas veces ha tenido poca inversión y escasa visibilidad pública, y eso ha dificultado trasladar su importancia a la sociedad.
Este es otro ejemplo de percepción incompleta sobre el impacto ambiental de nuestras actividades.
Hoy el debate sobre sostenibilidad pone el foco en la economía circular, y el papel o el cartón son ejemplos claros de materiales naturales con tasas de reciclaje muy elevadas. Son productos que contribuyen a la mitigación climática y que encajan plenamente en los modelos de economía circular.
En cambio, en la era digital vivimos permanentemente conectados sin pensar en el coste que tiene esa infraestructura. El uso de recursos asociados a lo digital, desde los centros de datos hasta el consumo energético o de agua, empieza a entrar en la conversación pública, pero todavía está lejos de formar parte de la conciencia cotidiana de la sociedad.
Esto no significa que debamos renunciar al mundo digital, pero sí utilizarlo de forma más racional y comprender su impacto real. Porque analizando ciclos de vida completos, los productos basados en recursos naturales como el papel o el cartón presentan en muchos casos impactos ambientales menores que las soluciones digitales.
El primero, claramente, es el factor normativo. La Comisión Europea ha impulsado una serie de cambios legislativos que han tenido un efecto tractor muy importante.
El segundo factor es el reputacional. Pese a la relajación administrativa, las compañías no van a desandar el camino recorrido ni a desalinearse de las estrategias de sostenibilidad que ya han incorporado.
La reputación es un elemento clave de cara a los consumidores finales. Los estudios realizados por Ipsos y More Than Research para FSC confirman que la preocupación por los bosques sigue estando presente, especialmente por los incendios forestales.
Y hay un tercer elemento que también es determinante: el factor climático. A pesar de cierto clima de negacionismo o de otras preocupaciones que parecen ocupar más espacio en el debate público, la realidad es que el problema climático sigue ahí y no lo hemos resuelto.
Además, tiene un impacto directo sobre la economía, ya que afecta a la producción, a los recursos naturales y a las cadenas de abastecimiento en múltiples sectores económicos.
En el contexto regulatorio actual hay dos ámbitos en los que FSC puede aportar un valor claro a las empresas. El primero tiene que ver con el marco financiero y la taxonomía verde.
FSC es un sistema de certificación basado en estándares rigurosos y verificación independiente por terceras partes. Eso significa que los datos que se generan sobre la gestión forestal, la producción o el origen de las materias primas son datos objetivos y verificables.
Además, con el desarrollo reciente del portfolio de servicios ecosistémicos forestales dentro de la certificación FSC, se pueden acreditar impactos positivos relacionados con aspectos como la biodiversidad, el carbono o el agua, algo muy útil a la hora de acceder a financiación sostenible o demostrar el valor ambiental de sus inversiones.
El segundo ámbito tiene que ver con el reporting de sostenibilidad, donde contamos con herramientas como el Benchmarking Tool, que compara los indicadores de la certificación con los principales marcos de reporting global, como CSRD, GRI, TNFD o CDP.
También contamos con iniciativas empresariales que ponen en práctica este enfoque, como el programa “Comprometidos con nuestros bosques”, una alianza empresarial impulsada por Carrefour en colaboración con FSC. Un programa que ya lleva varias ediciones y que reúne a empresas interesadas en desarrollar proyectos vinculados a la gestión forestal sostenible y a soluciones basadas en la naturaleza.
El objetivo es ofrecer herramientas a propietarios y gestores forestales para valorizar económicamente servicios que tradicionalmente se han considerado externalidades: la biodiversidad, la captura de carbono, la regulación del agua, la protección del suelo, la calidad del aire o incluso valores culturales, recreativos o turísticos asociados al bosque.
Esa valorización permite movilizar inversión pública y privada hacia el sector forestal. En un contexto donde la rentabilidad directa de la madera puede ser limitada, reconocer económicamente estos servicios puede ampliar el modelo de negocio del sector.
Por ejemplo, cuando un proyecto forestal certificado demuestra capacidad de absorción de carbono, esa captura puede generar créditos que se comercializan en los mercados de carbono.
En estos casos, la certificación FSC actúa como un elemento de garantía adicional. La gestión forestal certificada se considera una gestión mejorada desde el punto de vista ambiental y social, lo que se traduce en un mayor valor para esas toneladas de carbono capturadas.
Creo que en los próximos años el aseguramiento de las cadenas de suministro y de los factores de producción van a adquirir todavía más protagonismo.
Vivimos en un contexto de cambios rápidos y de creciente incertidumbre, donde el clima, los conflictos geopolíticos o la disponibilidad de recursos pueden afectar directamente a esas cadenas de suministro.
En el caso del sector forestal, estamos convencidos de que su papel será cada vez más relevante, porque los bosques proporcionan servicios esenciales para la sociedad. Por eso confiamos en que aumenten las fórmulas de inversión público-privada que permitan mejorar la rentabilidad y la gestión del territorio.
En cualquier caso, si hay una tendencia clara es el creciente papel de los sistemas de certificación independientes. Los consumidores demandan cada vez más garantías sobre el origen y la sostenibilidad de los productos que consumen. Por eso los sellos basados en verificación por terceras partes, con criterios rigurosos y procesos de acreditación, seguirán siendo una herramienta clave para aportar confianza y transparencia a las cadenas de suministro.