Vemos el presente como una etapa de mayor enfoque y compromiso empresarial con la sostenibilidad, impulsada por el contexto geopolítico, climático y regulatorio. La sostenibilidad ha llegado a los Consejos de Administración, se ha sofisticado en herramientas y temáticas, y las empresas comprenden mejor las expectativas sociales. Hace 25 años no hablábamos de economía circular o net-zero; hoy son parte del lenguaje estratégico.
Cuando empezamos en Forética, la sostenibilidad se veía como algo social y filantrópico. Hoy forma parte del corazón de la estrategia empresarial. Hemos pasado de hablar de RSC a ESG, impulsados por la regulación, los inversores y una mayor conciencia del cambio necesario. Ya no se trata solo del shareholder, sino de integrar al stakeholder y medir también el impacto social, ambiental y de gobernanza.
La transformación hacia la sostenibilidad está impactando todos los sectores: energía, infraestructuras, alimentación, tecnología… Hoy se exige trazabilidad, eficiencia y responsabilidad social. Aunque estamos en una fase de ajuste, si miramos a 15 o 20 años, el futuro será más sostenible. La cuestión es clara: ¿queremos liderar ese cambio o quedarnos atrás?
Es una preocupación legítima: la regulación es necesaria porque marca un marco común, pero no debe frenar la innovación. Si queremos impulsar una industria limpia, necesitamos que el consumidor también se sume al cambio. Para eso, la compra pública, los incentivos fiscales y las políticas deben estar alineadas con los objetivos de sostenibilidad. No basta con regular: hay que acompañar.
El diálogo directo con el consumidor lo tienen las empresas, pero desde Forética trabajamos para fortalecer ese vínculo. Con iniciativas como Green Trusting, ayudamos a alinear marketing y sostenibilidad, anticipar riesgos reputacionales y generar confianza real. Porque si no hay coherencia entre el discurso y la acción, el riesgo reputacional es enorme.
La transversalidad está llegando, pero de forma desigual. En Forética hablamos cada vez más con áreas como finanzas y marketing, que ahora están directamente impactadas por la normativa. Con nuestro modelo 10x10 mostramos cómo diez funciones empresariales deben responder a la CSRD. Si no hay diálogo entre ellas, la sostenibilidad corre el riesgo de convertirse en una carga, en lugar de una oportunidad.
Para que las empresas se impliquen de verdad, hay que mostrar que la sostenibilidad es una respuesta estratégica al mercado. Las grandes ya lideran el cambio, y las pymes pueden integrarse y beneficiarse. Pero quien no entienda el momento, se quedará atrás. Por eso es clave el esfuerzo didáctico y una regulación adaptada a los tiempos y capacidades de cada empresa.
Es una buena aproximación. Aunque también podríamos sumar el ODS 9, porque trabajamos con muchos sectores. Pero sí, Forética tiene una vocación clara de generar alianzas y de impulsar el conocimiento.
ODS 4 y 17 nos definen bien, aunque también el 9, por nuestro trabajo multisectorial. En Forética impulsamos alianzas y conocimiento, pero más que hacer pedagogía, ayudamos a las empresas a anticiparse, identificar buenas prácticas y conectar con los valores que marcarán el futuro. Las organizaciones que nos acompañan ya tienen un discurso sólido; nuestro rol es acompañarlas en la aceleración.
Acompañar el cambio desde dentro implica generar capacidades internas, transformar estrategias, anticipar regulación y entender el contexto geopolítico. Todo eso exige muchas conversaciones: las empresas quieren tomar decisiones acertadas para posicionarse bien en el futuro. Por eso es clave una comprensión compartida con la administración, que nos permita avanzar juntos.
La Inteligencia Artificial ya está generando soluciones sostenibles: anticipa riesgos climáticos, identifica materiales responsables, optimiza procesos… El impacto ambiental positivo es evidente. Pero el reto está en asegurar también un impacto social justo: anticipar efectos sobre el empleo, evitar sesgos y garantizar que nadie se quede atrás. Para eso, es clave trabajar la gobernanza de la IA.
Nuestro manifiesto sobre IA responsable lo estamos desarrollando con una comunidad muy activa: socios tecnológicos que plantean retos y empresas de sectores diversos que comparten preocupaciones sobre datos, impacto ambiental y consumo energético. Hemos creado una comunidad práctica para contrastar casos de uso y aprender entre sectores. Porque muchas veces, la mejor solución no está en tu sector, sino en otro. Y todo esto lo hacemos conectados con el trabajo global.
Es una pregunta muy pertinente. El ritmo de avance de la Inteligencia Artificial es vertiginoso, y a veces sentimos que nos supera. Pero desde el inicio se pueden incorporar criterios de sostenibilidad: ya hay centros de datos que funcionan con energía renovable y aplican eficiencia. Como dice nuestro presidente, Alberto Coronado, la IA puede ser una herramienta para avanzar, si se usa con propósito.
El riesgo de que la IA genere más problemas que soluciones es real, como ocurrió con otros avances tecnológicos. Por eso hay que anticipar impactos, marcar límites y abrir conversaciones honestas. El consumo de agua y energía, los efectos sobre el empleo, los sesgos y los derechos digitales deben abordarse desde el principio. La clave está en trabajar desde ya en soluciones responsables.
Es una realidad que ya está afectando a la economía. Los incendios, las inundaciones, los fenómenos extremos están teniendo un impacto directo en el PIB, en las cadenas de suministro, en la producción. Las aseguradoras ya registran en algunos mercados incrementos superiores al 15 % en costes asociados a estos riesgos. Las empresas deben adaptarse: revisar su modelo energético, repensar sus proveedores, apostar por soluciones locales que generen empleo y reduzcan emisiones. Las compañías con vocación de permanencia están buscando cómo anticiparse, porque saben que el retorno inmediato no puede ser el único criterio. La sostenibilidad es también resiliencia.
Sí, absolutamente. Hay sectores que han evolucionado mucho, aunque todavía hay retos. La regulación europea está poniendo el foco en áreas como el desperdicio alimentario, el textil, los envases, los electrodomésticos y productos tecnológicos, los minerales críticos… Hemos visto avances, pero la magnitud del reto es enorme. Hoy la circularidad global está en torno al 7 %, lo que significa que el 93 % de los materiales se pierden como residuos, ya sea en vertederos, incineración o emisiones. Pero hace 20 años estábamos casi en cero. Avanzamos muy lentamente por el buen camino, aunque el compromiso debe ser acelerar.
Son fundamentales. El Acuerdo de París, por ejemplo, aunque no haya logrado aún limitar el calentamiento a 1,5 ºC, ha evitado escenarios mucho peores. Sin París, estaríamos camino de los 4 o 5 ºC. También el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, con su objetivo de proteger el 30 % de la naturaleza y la restauración del 30 % de los ecosistemas degradados, marca una dirección clara. Estos acuerdos son faros que nos orientan, aunque el ritmo de avance aún no sea suficiente. Hay retos, sí, pero también oportunidades si sabemos gestionarlas con visión y compromiso.
Es clave. Al final, los inversores —que son quienes interactúan directamente con los Consejos— buscan estrategias de retorno a medio y largo plazo. Y la buena noticia es que la sostenibilidad se está consolidando como un factor positivo de inversión en muchos sectores. Las industrias más contaminantes, que afectan negativamente a la salud, están perdiendo atractivo, tanto por presión regulatoria como por el cambio en las preferencias del consumidor.
Sin duda. Vivimos una transición constante. El modelo energético, por ejemplo, ha cambiado radicalmente en pocas décadas: del carbón al petróleo, y ahora a la electrificación con energías limpias. Es una revolución en directo, que será estudiada en el futuro. El reto no es solo transformarse, sino hacerlo a la velocidad adecuada. Los países que logren mantener ese ritmo serán los que lideren los próximos 50 años.
Es uno de los grandes desafíos. Desde Forética, por ejemplo, impulsamos el Consejo Empresarial Español para el Desarrollo Sostenible, con cerca de 50 presidentes de grandes compañías. Les pedimos una visión a largo plazo y lanzamos la “Visión 2050”, que plantea la transformación sectorial de forma sistémica. Para avanzar, hay que marcar objetivos claros: ¿cómo debe ser la movilidad en 2050? ¿Qué tipo de energía queremos? ¿Qué modelo de salud? Si el objetivo es cero emisiones, eficiencia y asequibilidad, entonces hay que alinear productos, servicios, cadena de valor y diálogo con la administración para que los incentivos vayan en esa dirección.
Con conversaciones sectoriales que vinculen objetivos, planes de acción y métricas. Por ejemplo, en el sector salud o alimentación estamos trabajando en medición de emisiones en la cadena de valor. El horizonte 2050 está cerca, y el análisis es complejo. Pero hay que evitar la frustración y el discurso polarizado. No se trata de ideología, sino de comprender qué funciona y qué no. Y eso exige ordenar las conversaciones, ser transparentes con los objetivos y realistas con los plazos.
Diría que hay dos grandes ejes. Por un lado, el reto climático y del impacto sobre la naturaleza, que afecta directamente a sectores como la energía, la industria o el transporte. Son sectores que están en plena transformación y que necesitan avanzar más rápido. Y, por otro lado, el reto social: la desigualdad. Ya sea por salud, brecha digital, acceso a vivienda, alimentos, energía y educación financiera o bienestar mental, los indicadores no son buenos. Estamos viendo un aumento de problemas estructurales que requieren una respuesta urgente.
Sí, absolutamente. Las soluciones están sobre la mesa y las innovaciones se están produciendo. A pesar del ruido, hay miles de empresas trabajando en serio por avanzar. A veces confundimos la posición de un gobierno con la de un país entero, pero hay ciudades, estados, compañías que siguen empujando. Es cierto que puede haber momentos de ralentización, pero también es necesario hacer una pausa para digerir los avances y pasar al siguiente nivel. Como en cualquier ciclo económico, tras una recesión viene el crecimiento. Lo vivimos tras la crisis financiera, cuando la RSE evolucionó hacia un movimiento más estratégico. Quizá ahora estemos cerrando un ciclo y abriendo otro. Nosotros lo vemos con optimismo, pero con urgencia. Positivo, sí. Pero urgente.
Vamos hacia una sostenibilidad muy práctica, vinculada a resultados tangibles: productos y servicios que mejoren la vida de las personas y generen retorno económico. Los entornos regulatorios estables serán clave para atraer inversión. Nos jugamos mucho en convertirnos en un país atractivo para la inversión sostenible. La tecnología será fundamental, pero también la capacidad de formar rápidamente a las personas para adaptarse a nuevos procesos y usos. Y, por supuesto, una gobernanza clara, transparente, que elimine la corrupción y marque una ruta creíble. Sin eso, ni países ni empresas pueden avanzar.
La conversación con Germán Granda deja claro que la sostenibilidad empresarial ya no es una opción, sino una exigencia estructural. En el mundo actual, las empresas están llamadas a liderar una transformación que no solo genere valor económico, sino también impacto positivo en las personas y el planeta.
Granda no esquiva los retos: la velocidad del cambio, la complejidad regulatoria, la necesidad de coherencia interna y la gestión de riesgos físicos son desafíos reales. Pero también reivindica el optimismo como motor de acción. Las soluciones existen, la innovación avanza, y el compromiso —si es auténtico— puede marcar la diferencia. La sostenibilidad, nos recuerda, no se construye desde la ideología, sino desde la evidencia, la colaboración y la visión a largo plazo. Y en ese camino, Forética sigue siendo un actor clave: conectando sectores, anticipando tendencias y ayudando a que las empresas no solo se adapten, sino que lideren.