La caza masiva de ballenas azules que tuvo lugar durante el siglo XX puede haber contribuido al calentamiento global. ¿Cómo se explica esta relación? El profesor Victor Smetacek, del Instituto Alfred Wegener de Investigación Polar y Marina de Alemania, sostiene una teoría a partir de la cual la drástica reducción de estos cetáceos ha alterado la cadena trófica.
Asesinar 300.000 ballenas es una absoluta atrocidad, pero además nos puede salir muy caro. Según un informe publicado por el profesor Smetacek en 2007, las ballenas se alimentan de krill, un crustáceo que ocupa una posición fundamental en la cadena trófica (también sirve de alimento a aves, focas, peces y calamares). La disminución de la población de cetáceos a causa de las cacerías produjo, paradójicamente, una reducción del 80% de krill.
Según las investigaciones del científico Smetacek, esto se debería a la función de ‘reciclado’ de hierro –elemento que limita la producción biológica– que hacen las ballenas: después de ingerirlo, junto con otros nutrientes, lo fertilizan y así permiten que pueda crearse más vida subacuática. La reducción de cetáceos ha menguado este proceso, y en consecuencia ha frenado la creación de krill a partir de hierro reciclado.
La escasez de esta sustancia ha afectado también a la producción de las algas unicelulares que sirven de alimento para el krill. Igual que sucede con los árboles en tierra firme, la flora marina también absorbe dióxido de carbono (concretamente, de las seis gigatoneladas de CO2 que se emiten anualmente, cinco son absorbidas por el mar).
Por lo tanto, si cae la población de algas marinas, el dióxido de carbono que no asimilen los océanos se concentrará en la atmósfera. Para contrarrestar este fenómeno el profesor Smetacek propuso un método que consiste en fertilizar el océano con sulfato de hierro para que se incremente el plancton y por lo tanto, la captura de dióxido de carbono. La comunidad científica internacional, sin embargo, todavía no ha aceptado como factible el proceso.